Opinión
Pensar rápido, pensar despacio

Publicado el 17/08/2026 a las 05:00
Este es el título de un libro que se publicó en castellano en nuestro país en el año 2012 cuya portada original dice: “Thinking, Fast and Slow” (advierto que, para quien se anime a leerlo, tiene cerca de 600 páginas). Su autor, Daniel Kahneman (1934-2024) fue reconocido con numerosas muestras de admiración, entre otros el Premio Nóbel de Economía en el año 2002. Sus publicaciones recibieron los mayores elogios por la sutileza y precisión de sus aportaciones en la investigación de la psicología aplicada a la economía. Como tantos otros que recalaron en Estados Unidos, Kahneman nació en Israel y se licenció en Psicología en la Universidad Hebrea de Jerusalén, aunque se doctoró en la Universidad de California y completó su formación con un máster en matemáticas. Nacionalizado americano, llevó a cabo gran parte de sus trabajos de investigación en su país de adopción.
Puede llamar la atención que siendo psicólogo se le concediera el Premio Nóbel de Economía, pero sentó las bases de la “economía conductual o del comportamiento” (behavioral economics) y, por tanto, de la “toma de decisiones” creando una corriente de pensamiento económico de singular importancia en el último medio siglo. El propósito del libro, como afirma el propio Kahneman, es “mejorar la capacidad de identificar y comprender errores en juicios y decisiones, en otros y eventualmente en nosotros mismos”.
La riqueza expositiva de su contenido, que abraza multitud de ejemplos de la vida cotidiana, sitúa al lector ante situaciones que identifica fácilmente y en las que se siente perfectamente involucrado en el modo que tiene de emitir sus juicios y de actuar. Nuestra vida se conduce normalmente por impresiones y sentimientos y la confianza que tenemos en nuestras preferencias intuitivas suele estar justificada, pero no siempre. Con frecuencia estamos seguros de nosotros mismos cuando nos equivocamos y es más probable que un observador objetivo detecte nuestros errores antes que nosotros mismos.
La teoría económica clásica se ha sustentado durante decenios sobre el supuesto de que el hombre actúa racionalmente y sus decisiones buscan maximizar su utilidad. Los estudios llevados por Kahneman y Amos Tversky (que falleció prematuramente y por eso no recibió el Premio Nóbel junto a Kahneman) desafían este modo de entender la toma de decisiones, habiendo integrado la investigación psicológica de la ciencia económica en las resoluciones que adoptamos bajo distintos niveles de incertidumbre: en definitiva, mejorar la comprensión de la toma de decisiones a través de la psicología. Tiene gran interés cuando se deben tomar decisiones en situaciones en las que hay que decidir entre distintas alternativas con riesgos diversos, por ejemplo, de tipo financiero en las que las personas evalúan las posibles pérdidas o ganancias. Se revelaron, de ese modo, los verdaderos límites de la racionalidad para adoptar decisiones acertadas, yendo más allá de las puramente racionales. Forma parte de la fragilidad humana, con gran frecuencia en los errores que se cometen cuando nos decantamos por determinadas soluciones.
Las personas hacemos uso de dos sistemas principalmente para resolver los problemas, afirma Kahneman: el intuitivo opera mediante la intuición y efectúa operaciones de forma rápida, sin que opere el cálculo de probabilidades. El segundo es el sistema analítico o reflexivo, que es deliberado y más lento. Como cada día el ser humano se enfrenta a la toma de multitud de decisiones, la tendencia es la de utilizar el primero de los sistemas que, aunque conduce a errores, lleva conduce también a resultados acertados por la evolucionada capacidad del cerebro humano. Uno de los variados ejemplos que pone lo hemos observado en la vida real en no pocas ocasiones: el ajedrecista experto que juega simultáneamente con varios rivales y al pasar delante de uno de ellos anuncia “blancas dan jaque mate” en tres jugadas; o el médico que llega a un complejo diagnóstico con una sola mirada al paciente sin más pruebas. En el caso del maestro en ajedrez, el tablero que está viendo le da acceso a la información almacenada en su memoria de miles de partidas jugadas y lo que ve en el caso concreto le da ocasión para la respuesta inmediata. De modo similar actúa el médico en su rápido diagnóstico: lo que ve en el paciente llega a la información acumulada en su memoria de los muchos casos similares que ha visto y con ello emite el veredicto. Es fácil imaginar la importancia que la Inteligencia Artificial está llamada a tener -ya lo está haciendo- en múltiples escenarios de nuestra vida.
Kahneman puso fin a su vida en una clínica de Suiza contratando los servicios de una empresa de suicidio asistido a los 90 años. Aunque había perdido algunas de sus facultades, “seguía disfrutando de muchas cosas en la vida”, como afirmó antes de su final. Que no creyera o ni siquiera atisbara la posibilidad de una vida más allá de la terrena es algo que todo el mundo se plantea en algún momento de su vida y no albergo duda alguna de que una inteligencia tan aguda como la suya debió de interrogarse sobre esta pregunta definitiva sobre el ser humano. ¿Qué sentido tiene la vida sin esperanza alguna? Al parecer, no llegó a tener ni siquiera un poco de fe en lo trascendente.
Francisco Errasti es economista.