Opinión
"Aquí y allá la gente se sentaba sobre la hierba seca oteando el horizonte, como soldados en el fortín, y de pronto una gran garza levantó el vuelo majestuosa"

Publicado el 16/08/2026 a las 19:00
Poco antes de las siete y media, sobre los baluartes de la Ciudadela, mirando a poniente, la gente se fue repartiendo bajo un sol de justicia -con la esperanza cierta de que pronto se ocultaría por un rato-, y desde allí arriba se veía la ciudad ardiente, casi vacía, brumosa, muy distinta a cualquier otro día, y al fondo la brasa anaranjada del sol sobre los montes.
Aquí y allá la gente se sentaba sobre la hierba seca oteando el horizonte, como soldados en el fortín, y de pronto una gran garza levantó el vuelo majestuosa y se dirigió a oriente, como si hubiera presentido algo o fuera la señal convenida, y enseguida se levantó una leve brisa y el sol comenzó a menguar poco a poco: primero sufrió un bocado pequeño que no le hizo mucha mella, luego un disco creciente lo fue recortando hasta convertirlo en una media luna mientras la luz iba palideciendo, como si le hubieran dado una mala noticia, y al mirar aquel prodigio con las gafas de cartón, se veía un juego de sombras chinescas, y después, al quitárselas, de pronto los colores se habían degradado en el entorno, todo era más amarillento, como si estuviera hecho de paja y lo cubriera una luz marchita, parda, de febrero.
La gente se miró entonces complacida, como si por fin se creyera lo que estaba viendo, algo que no había que perderse, algo que, como se nos ha repetido, solo se vive una vez, aunque en realidad, todo se vive una sola vez: el amanecer de hoy nunca volverá, la mirada de ese niño ya no será igual, todo es único, cada instante es fugaz e irrepetible, tiene algo de despedida y a la vez nos suena a lo mismo y lo damos por visto.
Ahora la temperatura había bajado, daba un respiro la tarde sofocante, se diría que todo era en blanco y negro, como en una película antigua, hasta que durante unos segundos la luz se hizo desconocida, venida de otro mundo y cayó el telón, pero no del todo, porque por una pequeña abertura se colaba un rayo de luz, como quien mantiene un hilo de esperanza, y después el viejo sol fue apareciendo de nuevo como si nada.