Opinión

"El encierro debería poner el foco en el corredor que conoce, respeta y honra el significado de la tradición que representa"

"Entendemos que las acciones para mejorar el encierro deberían alejarlo de la lógica de la aventura y acercarlo de nuevo a la tradición"

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José Miguel del Moral y Javier Belloso 

Publicado el 01/08/2026 a las 05:00

Con la memoria anclada en Mari Ábrego, vemos repetidas cada primavera las imágenes de filas de “montañeros” esperando turno para hacer cima en el Everest como si estuvieran esperando para pagar en la caja del supermercado de turno. Los tiempos que vivimos con Mari y tantos otros eran épocas en las que el Himalaya se antojaba un mundo hostil y, a la vez, maravilloso. Los veíamos partir hacia un destino incierto y, a su vuelta, nos asombrábamos con los mundos que nos enseñaban. Porque no era sólo la montaña. Las gentes, los poblados y los paisajes vistos a través de sus ojos nos permitían entender el montañismo como una experiencia personal de libertad y esfuerzo, pero también de aprendizaje de otras culturas y tradiciones. La cultura de la aventura actual ha forzado una reducción del coste personal necesario para conseguir el mismo objetivo. No hablamos del coste económico, sino del esfuerzo, el conocimiento, la adaptación o el aprendizaje, es decir, de todo lo que en aquellos tiempos denominábamos aventura. 

Ahora mismo son cada vez más las personas que pueden añadir a sus logros el haber subido un ochomil, convirtiendo el Everest en un símbolo de estatus. Pero cualquiera que contemple esas fotografías sabe que algo no está bien. Hace unos días terminaron los Sanfermines y también sus encierros. Las retransmisiones de RTVE permiten hoy seguir la carrera con una cercanía impensable hace apenas unas décadas. Medidas como el antideslizante en el tramo más proclive a la caída de los astados, la expulsión del recorrido por parte de la Policía Municipal de las personas que no cumplen el reglamento, o incluso el entrenamiento de los toros en la dehesa, son factores que guardan cierto paralelismo con el establecimiento de cuerdas fijas, el porteo masivo por sherpas en altura, el uso de oxígeno y, en definitiva, la oferta de paquetes “llave en mano” para colocarte en la cima. Es decir, medidas que hacen el encierro aparentemente más accesible, aunque también modifican parte de las exigencias y aprendizajes que tradicionalmente lo acompañaban. 

Y siendo estas necesarias para evitar cogidas y lesiones graves, al igual que ocurre con la fotografía del principio, algo se ha perdido en el camino, algo esencial ha cambiado en el encierro. Si pensamos en la montaña como un lugar de tradición y aprendizaje, en el encierro vemos demasiadas veces a personas que, lejos de ser corredores en el sentido tradicional de la carrera, la desvirtúan, además de poner en riesgo a corredores veteranos y a quienes se acercan al recorrido con voluntad de aprender, observar y respetar una tradición secular de acompañamiento de las reses que han dormido en el corral de Santo Domingo en su traslado a la Plaza de Toros, donde serán lidiadas por la tarde. Porque eso, y no otra cosa, debiera ser el encierro. Por eso entendemos que las acciones para mejorar el encierro deberían alejarlo de la lógica de la aventura y acercarlo de nuevo a la tradición, entendida no como una reliquia inmóvil, sino como una herencia que exige respeto, conocimiento y transmisión entre generaciones. 

En la montaña, el mérito no reside sólo en llegar arriba y hacerse la foto, sino en comprender el camino. De la misma forma, el encierro debería poner el foco en el corredor que conoce, respeta y honra el significado de la tradición que representa. Sólo así podrá conservarse la auténtica cordada que une pasado y presente, una cordada que no busca acumular experiencias para exhibirlas, sino formar parte de una historia compartida. Porque cuando una tradición se convierte únicamente en espectáculo pierde una parte de su alma. En cambio, cuando quienes la viven se sienten responsables de custodiarla y transmitirla, sigue avanzando de generación en generación. Tal vez, en tiempos como los actuales, tanto en el Everest como en Santo Domingo, esta reflexión suene descabellada. Precisamente por eso nos parecía necesario escribirla. ¿A que suena bien?

José Miguel del Moral Janín y Javier Belloso Ezcurra. Corredores del encierro

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