Opinión
A solas con los bufones
"Más allá del esmero y el talento, a veces el arte sucede, trasciende de sí mismo y se eleva"

Publicado el 25/07/2026 a las 05:00
A principios de junio fui a Madrid para un bolo y una firma en la feria del libro. El lunes tenía la mañana libre y quise pasarla en el Prado. Llegué a las 10, recién abierto el museo. Aunque por internet no daba entrada disponible hasta el mediodía, en las taquillas, sin apenas cola a esa hora, te la dan para entrar al momento (valiosa información). La taquillera me preguntó si no tenía 65 años, todavía a veces no tengo presente que me hacen descuento, aunque está claro que mi aspecto subsana ante otros el olvido. Así que a mitad de precio y con el museo sin apenas gente, me fui todo lo raudo que soy capaz a las salas de Velázquez. En la gran sala de los retratos de la realeza y aristocracia, solo dos personas contemplaban en ese momento Las meninas, algo inusitado y un lujo. Además, estaban colocadas de modo que me dejaban el hueco central, la mejor posición. Y durante unos pocos minutos no se añadieron más espectadores ante uno de los cuadros más mirados del mundo. Eso sí, uno de mis dos compañeros de contemplación era un oriental resfriado que no paraba de sorberse los mocos y no debía de ser partidario del uso de pañuelo. Nunca, nada es perfecto del todo, pero esa imperfección realzaba lo opuesto: la perfección que tenía ante mis ojos; hacía años que no disfrutaba del cuadro.
Sin llegar al arrebato del síndrome de Stendhal (para eso, preciso estar cocido), sentí con intensidad ese misterio que es “el arte sucede”, que alumbró el pintor James Whistler y que me descubrió Borges. Más allá del esmero y el talento, a veces el arte sucede, trasciende de sí mismo y se eleva. Así es con nitidez en Las meninas. Me acompasé a la pintura, a su belleza y enigmas (el nipón sorbió de nuevo). Me gusta la teoría de que Velázquez, para aparecer él mismo en el cuadro, está pintando ante un gran espejo que refleja a todos los personajes en esa composición. Así que habría dos espejos enfrentados: el referido invisible y en el que se ve a los reyes al fondo del encuadre observando la escena. Después, fui a la pequeña sala de los bufones y ahí estuve mágicamente a solas con ellos, con los nueve. Velázquez pintó a los bufones de la corte de Felipe IV, aquellos empleados para el hazmerreír a los que se llamaba con desprecio “hombres de placer”. De nuevo, me conmovió la candidez y desvalimiento de El Niño de Vallecas, con sus estrábicos ojillos y la sonrisa inocente, y El Calabacillas, ensimismado en su pozo mental. Y admiré la dignidad que hizo transmitir a los rostros y miradas de los también enanos (como el Niño) Diego de Acedo, El Primo, con elegante sombrero, de negro y rodeado de libros, y Sebastián de Morra, el de la cara de mal humor. Apreciándolos, comprendí por qué me dedico a escribir.