Opinión

El imperdonable pecado de ser vasco y español

"Debemos empezar a atrevernos a reivindicar en voz alta la libertad y el derecho a ser lo que somos, sin tener que aguantar terapias y agresiones físicas o verbales para que cambiemos u ocultemos esa identidad"

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Iñaki Iriarte

Actualizado el 20/07/2026 a las 23:32

Unos días antes de la final del Mundial de fútbol una txozna de Barakaldo anunció que no atendería a quien acudiese a su barra con la camiseta de España. ¡Si se tratara de la camiseta de Marruecos, la Fiscalía, la prensa, los partidos políticos, las oenegés, en definitiva, todos, denunciaríamos la existencia de un flagrante delito de odio! Pero, en este caso, lo que nos llama la atención es que todavía haya por el País Vasco y la mitad norte de Navarra gente tan osada –o tan despistada, por haber llegado hace poco de otros países- como para romper el tabú de exhibirse públicamente como español en territorio komantxe. Esos pueblos, barrios y espacios autoproclamados “libres de fascismo, machismo, sexismo, racismo y lgtbeitransfobia”, solidarios con Palestina, Cuba y el Sáhara, pero, paradójicamente, tan fanáticos como las bandas de colonos sionistas de extrema-derecha en Cisjordania hacia el 50% de la población vasca que, según el último Sociómetro del Gobierno vasco, se siente tan vasca como española o más española que vasca. 

No exagero: en las últimas 48 horas previas al partido decenas de personas han sido atacadas por radicales abertzales. ¿Se comprende ahora por qué en Euskadi y en Navarra todavía no ha surgido un grupo análogo a Aliança Catalana, la boyante formación indepe y xenófoba de Silvia Orriols? Entre nosotros la pulsión del odio hacia el Otro y el sentimiento de superioridad étnica están ya sobradamente satisfechos por el arraigado asco hacia lo español entre aquellos sectores de la población que podrían servirle de caldo de cultivo. Sólo que, pura esquizofrenia, se creen heroicos antifascitas. Desde que el mito de una raza vasca, asentada en el mismo territorio desde el Paleolítico e indómita frente a indoeuropeos, celtas, romanos, godos, etc., devino, no sólo una postura políticamente incorrecta, sino una sinsorgada carente de apoyo científico, lo vasco se ha convertido en un concepto peligrosamente impreciso. 

Por un lado, si ser vasco significa ser euskaldun, es decir, hablar vasco, no solamente se presenta el problema de que la mayoría de la población en Navarra y Euskadi es incapaz de expresarse con una mínima corrección en esa lengua, sino que tampoco se ve por qué no se podría ser vasco y, a la vez, español, francés, alemán, etc., puesto que, como resulta evidente, se puede perfectamente hablar euskara y otras lenguas. Por otro lado, si lo vasco consiste simplemente en vivir dentro del territorio “vasco” (dejemos ahora a un lado si incluir a toda Navarra, contra la opinión mayoritaria de sus ciudadanos), ¿qué sucede con los vascos que se trasladan fuera para trabajar, estudiar, etc.? ¿Han perdido de golpe la vasquidad y se han convertido en, por poner el caso, oh, españoles? ¿Esos mismos españoles que nos oprimen, nos roban y nos impiden hablar euskara y decidir, pero a cuyas costas tantos y tantos abertzales acuden para veranear y cuyos presupuestos generales Bildu aprueba en el parlamento español? Es todo tan ridículo que parece sacado de una película de los Monty Python. El origen de este siniestro absurdo está en el dichoso Sabino Arana y en muchos de los que lo siguieron después en la formación del credo nacionalista radical: Evangelista de Ibero, Eli Gallastegi, Telesforo Monzón, Federico Krutwig, Txillardegi, etc. 

Todos ellos concibieron lo español como el espejo invertido de lo vasco y, viceversa, lo vasco como la imagen invertida de lo español. Y, así, a finales del siglo XIX y principios del XX, puesto que los españoles eran mestizos, liberales y malos católicos, los vascos fueron imaginados como racialmente puros, conservadores e integristas. En cambio, desde los años sesenta, como los españoles fueron caricaturizados como franquistas, mansos e inquisitoriales, los vascos fueron representados como antifascistas, rebeldes y ateos. De este modo, en muchas familias nacionalistas se pudo pasar de una derecha rancia al marxismo-leninismo en una sola generación: el rechazo frontal a lo español sirvió de común denominador entre sus miembros. Como solía repetir la catedrática de Historia del Pensamiento de la UPV Mari Cruz Mina: “siempre es más fácil cambiar de ideas que de forma de pensar”. 

Es muy cierto que cada vez hay más nacionalistas vascos que no ven las cosas así. Y también lo es que hay nacionalistas españoles que funcionan conforme a un esquema mental sustancialmente idéntico al de los radicales abertzales. Pero más nos vale que esto no nos sirva de excusa para, simplemente, encogernos de hombros y resignarnos a su existencia como un mal crónico e irremediable. Al contrario: debemos empezar a atrevernos a reivindicar en voz alta la libertad y el derecho a ser lo que somos, sin tener que aguantar terapias y agresiones físicas o verbales para que cambiemos u ocultemos esa identidad. 

Iñaki Iriarte López es Profesor Titular de la EHU/UPV

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