Opinión

"Nos queda resistir; recordar que en la buena vida existen más alicientes que los que el dinero puede comprar"

"Unos y otros les salen, deplora Véliz, demasiado baratos. Frente a sus maniobras, sólo nos queda resistir"

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Lorenzo Silva

Publicado el 15/07/2026 a las 05:00

La frase la pronunció, hace algo menos de 500 años, un hombre atormentado por el mal de gota en el edificio de las Escuelas Mayores de la Universidad de Salamanca: Cognoscere futura in seipsis excedit humanam facultatem. Ver con precisión el futuro está más allá de la capacidad humana, en traducción más o menos libre. El hombre se llamaba Francisco de Vitoria, y tenía a gala que el amor por la verdad era su principio rector, así contrariara la ambición o la conveniencia de los poderosos. He recordado la frase y al propio Vitoria leyendo Profecía, de la filósofa y profesora de Oxford Carissa Véliz. Su tesis, muy en resumen, es que la predicción siempre tiene más que ver con el poder y la voluntad de imponerlo que con la anticipación real del porvenir, ejercicio este para el que la criatura humana -fuera de la conjetura más o menos fundada y/o afortunada- resulta manifiestamente incompetente. 

Sus razonamientos, a lo largo de las 400 páginas del libro, vienen dictados, como los de Vitoria, por un elegante amor a la verdad, al que suma el coraje de desafiar los intereses de los poderosos de nuestros días. Los antiguos oráculos, nos cuenta Véliz, respondían a la agenda de quienes en aquellos tiempos ejercían el mando y eran los clientes y a la vez los dueños de las vidas de quienes hacían profecías. La moderna IA, basada en modelos predictivos que a partir de datos estadísticos y siempre trufados de sesgos ofrecen respuestas en las que confían, cada vez más ciegamente, cientos de millones de personas, obedece más a los objetivos de sus amos -ligados al lucro y a la influencia para maximizarlo- que a la búsqueda de la verdad o de soluciones a los problemas. 

Ni unos ni otra son fiables para saber por dónde irán las cosas, y menos aún para tomar decisiones basadas en ellos. Hemos permitido, denuncia la autora, que los propietarios del invento sacrifiquen nuestras normas a sus necesidades y a su proyecto de futuro, en lugar de exigirles que en el desarrollo de su artefacto respeten las reglas que como sociedad hemos convenido en defensa del bien común. Y nadie dice nada por la sencilla razón de que la gran chequera que manejan lo compra todo; desde los políticos que deberían velar por ese bien común hasta los académicos que en el dinero de las tecnológicas ven la tabla de salvación para escapar de la precariedad en que viven. Unos y otros les salen, deplora Véliz, demasiado baratos. Frente a sus maniobras, sólo nos queda resistir. No aceptar su futuro amañado, aferrarnos a los principios; recordar que en la buena vida existen más alicientes que los que el dinero puede comprar. La autora, formada en la universidad pública, apuesta por esta, en vez de venderse a los opulentos. Y por los libros. De papel, que son los que aún nos permiten ser libres.

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