Opinión

"Las amenazas se cumplieron. Los jugadores fueron torturados y enviados a campos de concentración"

"Los nazis fruncieron el ceño. “Esto no acabará bien para ustedes”, les advirtió un oficial alemán, pistola en mano"

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Juan Gracia Armendáriz

Publicado el 11/07/2026 a las 19:00

Entre favoritismos, corrupción y claras injerencias políticas en el mundial de fútbol, conviene recordar la historia protagonizada por el Dinamo de Kiev. Se ha glosado en varios libros y dio lugar a una adaptación cinematográfica edulcorada, titulada “Evasión o victoria”. Tras la invasión alemana de Ucrania, el portero del Dinamo de Kiev, Nikolai Trusevich, deambulaba por la ciudad. Un admirador llamado Kordif le ofreció trabajo en una panadería. Albergaba un sueño: reunir a todos los jugadores del equipo. Consiguió rescatar a ocho exjugadores del Dinamo y a tres del Lokomotiv. Con estos retales formó el F.C. Start. Ante el alborozo popular, equipos formados por tropas de ocupación húngaras, rumanas y alemanas fueron goleados uno a uno. El equipo se convirtió en símbolo de la resistencia. Los nazis fruncieron el ceño. “Esto no acabará bien para ustedes”, les advirtió un oficial alemán, pistola en mano, cuyo equipo acababa de ser vapuleado con un contundente 6-0. Las autoridades nazis se plantearon fusilar a todo el equipo del Start, pero llegaron a la conclusión de que con ello no harían sino elevar al modesto equipo al altar de la mitología sacrificial. Había que ganarles en su terreno y luego, una vez humillados, fusilarlos. 

En agosto de 1942, el Flakelf, equipo de la Luftwaffe, se enfrentó a aquellos jugadores que se negaron a hacer el saludo nazi al inicio del encuentro. Los alemanes se adelantaron en el marcador gracias al arbitraje de un oficial de las SS. El Start devolvió el golpe: 3-1. Fin de la primera parte. En el vestuario, a sabiendas de que su destino estaba sellado, los jugadores ucranianos se conjuraron para ganar el partido. En la segunda parte ganaban 5-3. El defensa Klimenko, tras regatear a varios contrarios, se plantó ante el portero alemán, al que también fintó. Con la portería vacía, se detuvo, se giró y pateó el balón a las gradas ocupadas por los oficiales nazis. Las amenazas se cumplieron. Los jugadores fueron torturados y enviados a campos de concentración. Trusevich, el guardameta que inició esta historia tras su encuentro con el panadero Kordik, fue fusilado junto a Klimenko, el hombre que humilló al nazismo con balón embarrado.

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