Opinión

"Es la fiesta del abrazo porque, aunque seamos rudos el resto del año, por San Fermín “cuidao”, nos ponemos pegajosos como el algodón de azúcar"

"Aquel chaval es ahora el padre que peina canas y sale temprano, y es ella la que llega con la juventud rebosando las costuras del pañuelo rojo y la risa de quien ha estirado la noche hasta los confines"

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Jose Murugarren

Publicado el 06/07/2026 a las 19:00

Ocurre en el quicio del portal en el momento en que amanece y la ciudad pelea por cambiar al olor del adoquín mojado. Es el instante en el que las llaves giran en la cerradura y dos generaciones se cruzan en un cambio de guardia. En la puerta el hijo se da de bruces con su padre. El chaval vuelve al amanecer con la camisa arrugada, ojos vidriosos de 'gau pasa', el azúcar de los churros pegado a los dedos y el ruido de las charangas todavía zumbándole los oídos. En ese mismo umbral se topa con el hombre, que sale impecable, oliendo a café y a espuma de afeitar, camino del trabajo. Se cruzan. El padre le mira con una mezcla de envidia y nostalgia, le da una palmadita en la espalda y suelta un “venga, a la cama” que suena a “no hay nada de lo que avergonzarse”. El hombre va a sostener el mundo; el chaval.., a dormirla. El mundo, a esa hora, se le cae encima. Pero la vida es una noria que gira rápido y hoy el plano de la película ha cambiado. Las llaves que abren el portal desde fuera son las de la hija. Aquel chaval es ahora el padre que peina canas y sale temprano, y es ella la que llega con la juventud rebosando las costuras del pañuelo rojo y la risa de quien ha estirado la noche hasta los confines. 

Cuando se cruzan, el ahora padre se descubre a sí mismo. Palabras, las justas, piensa; sonríe y observa. Le dedica la misma complicidad que su padre le regalaba hace unos años. Le acaricia la cara, le quita un confeti del pelo y le pregunta en voz baja lo mismo que le decían a él: “¿traes churros?”. San Fermín para muchos es el desmadre; un cóctel de astas, partes de heridos y excesos. Pero si se raspa la piel, debajo hay una fiesta que no sale en el programa. Huele a ropa planchada. Es la liturgia del reencuentro: la primera tarde en las barracas, la verbena de Antoniutti donde te estrenas bailando, la acera de la Estafeta compartiendo un pollo asado o la mañana en la que se te revelan las dianas por primera vez. Es la fiesta del abrazo porque, aunque seamos rudos el resto del año, por San Fermín “cuidao”, nos ponemos pegajosos como el algodón de azúcar. Qué pena que de esto no haya fotos. Ningún reportero busca el relevo generacional en el rellano de una escalera. Da igual. San Fermín es la certeza de que siempre habrá un padre que, al mirar las ojeras de su hijo o de su hija, elija renovar ese pacto invisible de confianza. Un relevo mágico en la fiesta: ayer por mí, hoy por ti.

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