Opinión
"Ver a un desamparado solo por Estafeta o San Nicolás activa un instinto de camaradería inédito. Como si dejarlo fuera de la fiesta se interpretara como un pecado contra el santo"

Publicado el 29/06/2026 a las 20:12
El milagro dura hasta que cantamos el Pobre de Mí. Después el pamplonés vive un proceso de cierre sobre sí mismo que cualquier monje de clausura envidiaría. Da igual lo que marque el calendario: otoño, invierno y primavera son una sola estación donde la cuadrilla gestiona la amistad como uranio enriquecido: estricto control de acceso y lealtad frente a terceros. Solo para personal autorizado. En Pamplona es Indicación Geográfica Protegida (IGP) como la ternera de Navarra o la alcachofa de Tudela. Aquí ser "amigo de siempre" es un búnker que concentra el afecto hacia dentro y lo restringe hacia afuera. Si alguien se te acerca demasiado en la barra de un bar un martes de noviembre —o un jueves de abril, que para el caso es lo mismo—, el guardián de las esencias activa las alarmas y concluye implacable en una reflexión de altura: "Este qué querrá". Ah, y con despliegue de ceño fruncido para protegerse del osado.
La mutación llega el 6 de julio. La trinchera salta por los aires. Cada año nueve días de amnistía. Nos vestimos todos de blanco y rojo y es como si ese uniforme transformara la energía: desaparece la fiebre de cuadrillas cerradas y el recelo, tan nuestro, a ser invadido. Liberado, el pamplonés experimenta una catarsis donde, por alguna secreta razón que desafía a la lógica, el forastero deja de ser una amenaza para convertirse en el invitado al que agasajar.
Será por la sensación de creernos con la mejor fiesta del mundo. Es como si nos quemara en las manos disfrutarla sin compartirla. Ver a un desamparado solo por Estafeta o San Nicolás activa un instinto de camaradería inédito. Como si dejarlo fuera de la fiesta se interpretara como un pecado contra el santo. Lo acogemos, le plantamos cinco ofertas para sumarse a una cuadrilla, le ofrecemos cuchara en el caldero de la merienda de los toros, lo sacamos a bailar o lo arrastramos del brazo detrás de la música de la peña en un acto de festiva solidaridad. Necesitamos acumular once meses de adustez del norte para poder estallar en este ejercicio de exaltación de la amistad. Somos los únicos seres capaces de atravesar el año cerrando la puerta con tres cerrojos para, de repente, regalar las llaves de casa durante nueve días al primero que pasa pidiendo amigos con un kalimotxo en la mano.