Opinión

"Alcanzado cierto punto, la audacia es una forma de estupidez. Cuánto daño han hecho todos esos 'stories' que nos invitan a luchar hasta el final"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 16/06/2026 a las 22:06

He leído que el portero de Cabo Verde, Vozinha, de cuarenta años, es viejo. Tiene ocho años menos que yo. Llega un momento en la vida de un hombre en que debe darse por vencido ante ciertas cosas: el paso del tiempo, la calvicie, la imputación, los audios de Leire y las joyas de Zapatero. El expresidente y sus pobres amigos deben decidir entre si viene de una familia que comía gato en adobo durante la dictadura o si su abuela era la reina de Inglaterra.

El Gobierno para las balas como Vozinha, que, pese a que dicen que es un carca, resiste ante España la virginidad de su inmaculada y africana portería, mitológica casi de Camerún. La directora de la Guardia Civil se excusa diciendo que quedó con Charo Charo Siete para tomar un café y ver qué tal le iba la vida. Lo típico es quedar con la directora de la Guardia Civil sin conocerla de nada para charlar de cómo va la vida.

Alcanzado cierto punto, la audacia es una forma de estupidez. Cuánto daño han hecho todos esos stories que nos invitan a luchar hasta el final. En realidad, lo lógico y lo normal es retirarse un poco antes del ridículo, que es una muerte arrastrada.

Si yo fuera Pedro Sánchez, hace tiempo que habría salido de la Moncloa con las manos en alto. Habría abandonado el palacio enseñando con la tesis plagiada, el acuerdo con Otegi para sacar a Txeroki de la cárcel, Begoña disfrazada de fundraiser y el cabecero de las saunas de Sabiniano bajo el brazo. Habría dicho: ya está, se acabó lo que se daba.

Pero el Gobierno es una huida hacia delante. El esquema del sanchismo demuestra que es peor la mentira que tapa la vergüenza que la vergüenza misma. La moraleja de esta historia, si es que puede haber una, es que tiene que haber moraleja. Uno no puede desproveer de todo sistema moral su propia supervivencia. Vivimos la vida en cuanto estamos dispuestos a perderla.

Si todos fueran como Sánchez, Mishima no existiría. Tampoco los toreros. Todo sería gente huyendo en el gigantesco monumento a la rata en que han convertido a mi pobre Españita. El héroe siempre es el que muere, no el que sobrevive a la batalla y queda, desolado y culpable, escondido bajo todos los muertos.

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