Opinión
El “desafío” planteado por la vejez, en el tiempo de la tercera (y dorada) edad
"La esperanza de vida, la vida de las pensiones y el panorama que se vislumbra desde el puente de los años dan brillo y esplendor a la palabra vejez"

Publicado el 03/06/2026 a las 05:00
Cuando yo era chaval, las edades de la vida sumaban cuatro: la infancia, la juventud, la edad de los padres (que eran los adultos), y la de los abuelos. No puedo recordar la adolescencia porque aquellos tiempos no estaban para bromas. Nosotros, los de entonces, pasábamos directamente de la infancia a la juventud. La adolescencia vendría después, con las añadas del desarrollo, cuando los abuelos dejarían de ser viejos para entrar en el parque temático de la tercera y dorada edad. Y en esas estamos hoy aquellos jóvenes de la adolescencia perdida. “La vida. Instrucciones de uso”, que escribió Georges Perec. Y allá cada cual con su manera de agitarla antes de usarla. Uno ha seguido con atención el “desafío” de la edad desarrollado en nuestro DN con rigor profesional, a través de todos los géneros periodísticos y sin caer en los tópicos que tratan al viejo como si fuera menor de edad, dignidad y gobierno. La realidad es que, empezando por la jubilación, 200.000 personas (el 26% de la población) tendrán más de 65 años en 2039, con todo lo que representarán, llegadas a la vejez, para las políticas de salud, derechos sociales, pensiones, residencias. El estado de bienestar ha elevado a 10.000 el número de nonagenarios, pero ese mismo bienestar, venido a menos y conducido peor, eleva las listas de espera de la sanidad hasta unas alturas descorazonadoras.
Porque, aparcados en las listas, los viejos no matamos el tiempo, es el tiempo el que nos mata. La esperanza de vida, la vida de las pensiones y el panorama que se vislumbra desde el puente de los años dan brillo y esplendor a la palabra vejez. Entra uno en el “diario de avisos”, aquí al lado, y admira las agendas de los clubes de mayores con sus ofertas de viajes, ida y vuelta en el día, en el día de mañana o dentro de quince días. Maravilloso. Pero envejecer también es “una época complicada porque hay muchas pérdidas y aparece la soledad”, según advertía Javier Yanguas en estas páginas. Y a veces no hay mejor viaje que el de la vuelta de la esquina, con escala en un banco soleado para recitar con el poeta “y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando”. En A pesar de los pesares, el primer libro de su trilogía sobre la vejez, Aurelio Arteta califica de “verdad indiscutible” esta pregunta: ¿no es cierto que todos sin excepción deseamos una larga vida, pero sin llegar a viejos…? En otras palabras, el deseo de alargar la vida no por los últimos peldaños de la escalera, sino por el descansillo. Y a la pregunta protocolaria de cómo estás responder que “de pie”. Y adelante. “Doctor, siempre se muere uno joven”, cuentan que respondió Scott Fitzgerald cuando el médico le dijo que, o se cuidaba o moriría joven. Pero, en fin, no sé si lo del autor de El gran Gatsby fue un grito de ánimo o un suspiro de pena.