Opinión

"En las redes la razón ya no se lleva como una camisa; se lleva como un chaleco antibalas. El algoritmo premia la bilis y penaliza la duda"

"Da miedo la energía que consume este odio gratuito. Nos estamos quedando secos de empatía por culpa de querer ganar partidos donde ni siquiera hay pelota"

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Jose Murugarren

Publicado el 01/06/2026 a las 19:00

Desbloqueo la pantalla del móvil en la sala de espera del dentista. Mala idea. En una red social cuyo nombre replica a una incógnita matemática, un fulano ha colgado la foto de una paella con guisantes. Se ha armado el armagedón. Hay tres mil comentarios. Leo los diez primeros y me entra un sudor frío. No es un debate gastronómico; es una ejecución sumaria. Al infeliz del arroz le desean desde la excomunión hasta un cáncer de colon. Ahí lo veo claro. Es la mutación cibernética del “siempretengorazón” de toda la vida, pero con wifi. En las redes la razón ya no se lleva como una camisa; se lleva como un chaleco antibalas. El algoritmo premia la bilis y penaliza la duda. Si escribes 'quizá', eres débil. Si pones 'depende', un tibio. Hay que entrar con la verdad absoluta grabada a fuego en la frente. Tipos que no saben freír un huevo dictando cátedra sobre la Santa Inquisición del sofrito del arroz. Señoras que en el supermercado te piden perdón si te rozan con el carro, pero que en la pantalla te arrojan al lodo porque has defendido el uso de la piña en la pizza. Mientras tanto, la inmensa mayoría de la gente normal sigue a lo suyo, viviendo fuera de la pantalla, ajena a este manicomio. 

Da miedo la energía que consume este odio gratuito. Nos estamos quedando secos de empatía por culpa de querer ganar partidos donde ni siquiera hay pelota. ¡Qué espectáculo!: yonquis de la última palabra. Si les llevas la contraria, no rebaten tu argumento; te buscan un tuit de 2010 para demostrar que eres un monstruo. Se habla mucho hoy en día de terapia, pero lo que de verdad necesitamos son clínicas de cura de humildad para el ego herido. Un sanatorio donde te quiten el teclado una semana y te obliguen a mirar a los ojos a la persona que piensa diferente. Imagino el ingreso. Un celador amable te recibe en la puerta. Te pide el teléfono. Te aferras al bicho con los dedos crispados, gritando que el de los guisantes no tiene ni puñetera idea de la vida. Y el tío, con una paciencia infinita, te sienta en una silla de mimbre al sol, te pone un café con hielo y te dice al oído: 

-Venga, descanse un rato de sí mismo, que ya no se aguanta. Total, al mundo le importa un bledo su opinión. Y tú, por primera vez en años, respiras.

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