Opinión

"¿Qué puede llevar a unos críos de 12 y 13 años a madrugar todos los domingos durante cuatro años para contarse sus penas, sus alegrías, cantar y bailar?"

El segundo 'heredero' se confirmó el pasado fin de semana en el pueblo y vivimos el momento como algo bonito. Sencillo y hermoso a la vez.

Los nuevos confirmados hacen corro junto a su catequista para celebrar que han recibido el sacramento
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Los nuevos confirmados hacen corro junto a su catequista para celebrar que han recibido el sacramentoGONZÁLEZ
Los nuevos confirmados hacen corro junto a su catequista para celebrar que han recibido el sacramento

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Íñigo González

Publicado el 28/05/2026 a las 08:12

Mi primer coqueteo serio con el alcohol consistió en tres vasazos de vinorro caliente que me calcé de un trago en el aperitivo posterior a mi confirmación por la iglesia. Aún no tendría 15 años. Quizá eso explique que de aquel rito de madurez cristiana apenas recuerde la ropa que llevaba, lo efímero de la cena familiar y el tremendo dolor de cabeza del día siguiente en la clase de historia del instituto. Poco más. Años después — muchos — me he ido reencontrando con el sacramento de la mano de mis hijos y he constatado la verdadera dimensión de la liturgia. Como si de un pequeño acto de desagravio emocional hacia la institución se tratase. 

El caso es que el segundo heredero se confirmó el pasado fin de semana en el pueblo y vivimos el momento como algo bonito. Sencillo y hermoso a la vez. Como dice mi mujer, una de esas celebraciones de la vida que te dejan un clic, una foto mental, a la que regresar cuando más se necesita. Yo me quedé con una instantánea especial y tuve la suerte de que alguien la retratase físicamente. Fue con la misa ya acabada: los ocho jóvenes (seis chicas y dos chicos) se abrazaron formando un corro junto a su catequista, con la cabeza gacha, riendo y agradeciéndose mutuamente los años compartidos. Porque ojo. Llegar ahí no es fácil.

¿Qué puede llevar a unos críos de 12 y 13 años a madrugar todos los domingos durante cuatro años para contarse sus penas, sus alegrías, hacer manualidades, cantar y bailar? ¿Qué aguardaba tras la meta de un esfuerzo voluntario en estos tiempos en lo que se desecha con rapidez todo aquello que huela a sacrificio? La respuesta obvia podría ser la Fe. En mayúsculas. Pero yo tengo otra. El motor que les ha llevado a ser testigos maduros de la iglesia tiene nombre de mujer: Eva María.

Pocas personas me he topado como ella en la vida; de ideas tan claras, con un afán de compartir su tiempo desinteresadamente, restándoselo a su propia familia, para transmitir lo que conoce, sabiendo escuchar y acompañando a los jóvenes en su crecimiento. Todo con una sonrisa y dulzura perenne y, además, haciéndolo divertido. Eso es dificilísimo de encontrar y ahí mi parroquia tiene un tesoro que ojalá cuide. Por nuestra parte, confirmo que, desde el sábado, somos un poquito más felices.

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