Opinión

"Lo típico que uno guarda en la caja fuerte del despacho son 103 joyas antiguas, acaso venidas de Oriente Medio y custodiadas por la Gertru, suma sacerdotisa del zapaterismo"

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Chapu Apaolaza

Actualizado el 26/05/2026 a las 23:37

España tiene su iconografía, su románico del trinque. El envoltorio moral del saqueo. El menaje doméstico de la corrupción. Hemos conocido toda una arqueología del mangazo: el Miró de Juan Antonio Roca colgado junto al váter como quien pone un azulejo de Talavera, los relojes de Ruiz-Mateos, suficientes para abrir un museo en Jerez, la ciudad en la todo el mundo llega quince minutos tarde. El Jaguar de Ana Mato aparecido en el garaje. Pero ahora asistimos a un punto de inflexión estético verdaderamente fascinante: la izquierda enjoyada.

Porque las gargantillas, los pendientes de tiros largos y los joyones de Rodríguez Zapatero- Romanov siempre parecieron patrimonio sentimental de cierta derecha. O de esas señoras del barrio de Salamanca a las que trataban como peligrosas terroristas cuando salían a manifestarse.

Lo típico que uno guarda en la caja fuerte del despacho son ciento tres joyas antiguas, acaso venidas de Oriente Medio y custodiadas por la Gertru, suma sacerdotisa del zapaterismo de rubí y zafiro. Parte del lote se lo robaron a la vieja de ‘Titanic’. Lo verdaderamente desconcertante no son las joyas, sino la dislocación sentimental que producen. Porque uno ve a Sonsoles Espinosa y no la imagina vestida como Catalina la Grande. Sonsoles representaba aquel arquetipo de señora de izquierdas aparentemente desinteresada de lo material, cantaba en el coro, del collar tribal y del pendiente de plástico reciclado o de pluma ministerial arapahoe de Igualdad, acaso de cacho de cáscara de coco. Había una izquierda de cara lavada y collar de lana. Una estética según la cual había que vestirse como si te hubieras puesto guapa en una isla desierta. Y quizá ahí reside la gran decepción antropológica de mi Españita. 

Porque pensándolo bien, los mayores joyones que yo recuerdo se los he visto siempre a la beautiful people madrileña, aquella gauche caviar forrada de pasta de gafa. Para ser verdaderamente de izquierdas hay que ser rico y eso hay que sostenerlo al mismo tiempo el relato del abuelo que comía gato en la posguerra y la herencia del diamante de El robo de la jojoya. Hay que decidirse. O uno desciende de Azarías o de Carmen Polo: las dos cosas a la vez empiezan a resultar complicadas.

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