Opinión
Ormuz: petróleo, datos y poder
"El Gobierno de Irán busca expandir su dominio sobre el Estrecho de Ormuz más allá del petróleo y el gas, apuntando ahora hacia la infraestructura crítica de las de las telecomunicaciones globales"

Publicado el 22/05/2026 a las 05:00
Cuando se habla del Estrecho de Ormuz, la atención suele centrarse en una cifra conocida: cerca de una quinta parte del petróleo mundial transita por sus aguas. Esa realidad convierte este corredor marítimo en uno de los puntos geoestratégicos más sensibles del planeta. Pero existe otra dimensión menos visible y quizá igual de importante que rara vez ocupa titulares: bajo esas aguas circula una parte esencial de la infraestructura digital global. Expertos del Stimson Center, prestigioso think tank (laboratorio de ideas) no partidista con sede en Washington, ha manifestado recientemente que no resulta descabellado que Irán considere que los cables de fibra óptica que atraviesan Ormuz sean considerados como infraestructuras tecnológicas enemigas. A nivel internacional existe consenso en que los cables submarinos de fibra óptica en cualquier parte del mundo, son vulnerables, ya que cuentan con una protección limitada y están poco vigilados. En el estrecho de Ormuz esta fragilidad es aún mayor, dado el conflicto que se está librando. De hecho, un informe vinculado a la IRGC (Guardia Revolucionaria Islámica) ya advirtió que la infraestructura que alimenta internet al Golfo podría verse interrumpida en caso de continuar el conflicto.
La posición de Irán le otorga una ventaja geográfica extraordinaria, ya que como vemos, el Estrecho de Ormuz no solo mueve petróleo, sino que además transporta datos y esta ventaja ha sido un instrumento de disuasión frente a Estados Unidos ya que bajo el agua, junto a las rutas de los petroleros, discurren como hemos señalado cables submarinos de fibra óptica que conectan Europa, Asia y Oriente Medio. Esos cables son las arterias invisibles de Internet, por donde pasan comunicaciones financieras y millones de conversaciones privadas. Sin ellos, la economía digital global se ralentiza o se paraliza, y convierte a Ormuz en un doble chokepoint: energético y digital. El impacto más inmediato sería un apagón digital en los países del Golfo, que actualmente llevan a cuantiosas inversiones en el desarrollo de servicios digitales, centros de datos y tecnologías de inteligencia artificial. Según expertos analistas, por esos cables circula más del 15% del tráfico global de datos, que son esenciales para economías como las de Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Baréin, Kubait, Arabia Saudí e Irak.
En caso de sabotaje a estos claves se presentaría otro gran desafío. En el fondo marino de Ormuz y en sus proximidades, se concentran infraestructuras complejas como los sistemas Falcon y AAE-1. Los buques encargados de las reparaciones tendrían que operar con extrema lentitud y asumir riesgos elevados, especialmente por la presencia de minas en la zona. El Gobierno de Irán busca expandir su dominio sobre el Estrecho de Ormuz más allá del petróleo y el gas, apuntando ahora hacia la infraestructura crítica de las de las telecomunicaciones globales. Medios oficiales vinculados a la Guardia Revolucionaria Islámica han propuesto que la República Islámica ejerza soberanía sobre los cables submarinos de fibra óptica que atraviesan sus aguas, exigiendo permisos, tarifas y el cumplimiento de la normativa iraní a las empresas tecnológicas extranjeras. La relevancia de esta propuesta radica en el volumen de riqueza que fluye bajo el mar. Según la agencia internacional iraní Tasnim News Agency, los cables de fibra óptica que cruzan el Estrecho facilitan transacciones financieras que superan los 10 billones de dólares cada día. Este tipo de presión encaja perfectamente con la lógica iraní de escalada controlada. Irán no necesita destruir, necesita demostrar que puede hacerlo y esa capacidad de amenaza tiene además un valor diplomático.
Cada negociación sobre sanciones, programa nuclear o presencia militar en en el Golfo está condicionada por una pregunta implícita: ¿qué podría pasar en Ormuz si las conversaciones entre EE.UU e Irán fracasan? Ahí reside su principal poder y no es casual que la Quinta Flota de EE UU mantenga una presencia constante en Baréin. Y tampoco es casual que países del Consejo del Golfo hayan invertido miles de millones en rutas energéticas alternativas, oleoductos terrestres y puertos fuera del estrecho. En un escenario de escalada regional, la mera sospecha de que un cable ha sido saboteado bastaría para disparar alarmas globales y eso Irán lo sabe. El mundo puede diversificar fuentes de energía, desarrollar nuevas rutas y construir redundancia digital, pero el Estrecho sigue siendo insustituible a corto plazo. Ello convierte a Irán en un actor con capacidad de veto parcial, que si bien no puede dominar el sistema internacional, si puede alterarlo, y esa diferencia es clave. En una época donde la seguridad se mide tanto en barriles como en gigabytes, Ormuz simboliza la convergencia entre geografía física e infraestructura digital. El Estrecho ya no es solo una vía marítima; es una plataforma de influencia. Quien controle Ormuz no controla el mundo, pero puede perturbarlo y como advirtió Halford Mackinder: “Quien controla los puntos estratégicos condiciona la historia” .
Joaquín Garro Domeño. Doctor en Seguridad Internacional