Opinión

"Si el modelo occidental se va al garete, como la vida en el planeta seguirá, ellos tomarán el mando para levantar un mundo nuevo, y lo harán bien"

"Si ese futuro se convierte en una especie de agujero negro, sepultura de la esperanza, el joven desconecta y se centra en el presente, abonado al carpe diem"

thumb

Alejandro Navas

Publicado el 22/05/2026 a las 05:00

Termina el curso y en los centros académicos se celebran las correspondientes fiestas de graduación. Los estudiantes y sus familias disfrutan de esa fecha tan esperada, en compañía de parientes y amigos: es propio de la fiesta compartir la alegría con los demás. Todos visten sus mejores galas. La jornada ofrece una agenda completa: acto académico, comida familiar, discoteca para terminar en las primeras horas del día siguiente. Las fotos y los vídeos inmortalizan esos felices momentos. Los estudiantes sienten emociones contrapuestas, como es propio de toda transición. Acaba la época formativa -aunque muchos de los graduados seguirán cursando programas de máster- y empieza lo serio de la vida: búsqueda de trabajo, emancipación de la familia de origen, fundación de una familia propia… La ilusión va unida a la incertidumbre. Pero en ese día hay que mostrar optimismo y confianza en el futuro. Las autoridades que presiden los actos académicos suelen transmitir el mismo mensaje -a veces con idénticas palabras- en todo el mundo: “Bienvenidos al mundo adulto, os esperamos, estáis preparados, contamos con vosotros, el futuro os pertenece…”. 

Los jóvenes escuchan con cara de circunstancias, nadie quiere ser aguafiestas en un día tan señalado, pero en el fondo desconfían de tanta palabrería. El panorama que van a encontrar en cuanto superen la resaca de la celebración es bien distinto: trabajos de poca calidad, contratos precarios, sueldos bajos, viviendas escasas y a precios imposibles. Pensar en fundar una familia y tener hijos se antoja una empresa ardua, casi temeraria. La sociedad moderna adoraba el progreso, el gran mito de nuestro tiempo. Alimentado por la ciencia y la tecnología, se proponía hacer realidad la utopía, el paraíso en la tierra (tanto en su versión capitalista como comunista: resulta divertido leer hoy cómo describe Marx la vida en su paraíso). El prodigioso desarrollo científico del siglo XIX genera un entusiasmo contagioso, que se adueña tanto de las clases dirigentes como del pueblo. Su expresión más típica fueron las grandes exposiciones internacionales, como la de París (1889, Torre Eiffel) y Londres (1900). Esta última acogió cincuenta millones de visitantes, venidos de todo el mundo para admirar los últimos inventos, que iban a revolucionar la vida de la humanidad. Una sociedad así, orientada al futuro, exalta la juventud (antes ha despreciado el pasado, considerado obsoleto: condición adánica del moderno). 

El joven encarna la fuerza, la belleza, la integridad ética (todavía no lo han corrompido), la creatividad. El futuro le pertenece. Y no está solo, pues se ve adulado por los mayores: “Los jóvenes tienen siempre razón” (Goebbels). También los adultos se esfuerzan por mantenerse jóvenes o, al menos, parecerlo: dietas, tratamientos, cirugía. Toda una industria al servicio del fitness y de la wellness (los establecimientos y productos del ramo copian con frecuencia nombres ingleses). El sueño moderno se convirtió en pesadilla con la Primera Guerra Mundial, un cataclismo de dimensiones inimaginables. No sorprende que alumbrara un nuevo género literario: la decadencia de Occidente. Ahí murió el proyecto de la Ilustración, y en esa crisis seguimos hoy día. No hemos sabido articular un proyecto cultural alternativo -la posmodernidad se ha quedado en mera logomaquia, no da más de sí-. El impasse dura ya un siglo, y no hay visos de que vayamos a superarlo pronto. De ahí el recelo de los jóvenes: no acaban de creerse un relato que suena gastado, vacío. Su desconfianza ante el futuro se mide con dos indicadores numéricos, uno económico y otro demográfico. El económico: no hay ahorro. Muchos jóvenes ganan poco, pero tampoco ahorran los que tienen algo. El demográfico: no hay hijos. La natalidad experimenta una caída insólita en la historia de la humanidad. Resulta evidente: ahorrar y engendrar solo tienen sentido si se apuesta por el futuro. 

Si ese futuro se convierte en una especie de agujero negro, sepultura de la esperanza, el joven desconecta y se centra en el presente, abonado al carpe diem. Y lo notable es que los jóvenes viven esa frustración de modo pacífico, resignado. Ni asomo de conflicto generacional o revuelta juvenil. Sin pecar de buenismo termino con un apunte esperanzado. Occidente está en crisis -se dice que después del siglo XIX europeo y del XX americano, el XXI será el siglo asiático- y el clima de opinión revela pesimismo. Pero como decía Hölderlin, “donde hay peligro aparece también lo que salva”. Es verdad que gran parte de nuestra juventud está como distraída: pegada a las pantallas, ensimismada, incapaz de concentrarse, rendida antes de combatir. Pero hay una minoría que es la mejor formada de la historia. No hablo de una entelequia, conozco a muchos de esos jóvenes, los he tratado en las aulas universitarias en Europa y en América. Si el modelo occidental se va al garete, como la vida en el planeta seguirá, ellos tomarán el mando para levantar un mundo nuevo, y lo harán bien.

 Alejandro Navas. Sociólogo

Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora