Opinión
Acompañando desde la musicoterapia

Publicado el 21/05/2026 a las 05:00
Me miró a los ojos fijamente y me dijo, -te conozco, pero no recuerdo tu nombre-. Desde ese momento comprendí que la vida pasaba más rápido de lo que podía saborearla y que cada momento que vivía era tan importante y vital como cada inhalación de oxígeno entrando en mi cuerpo. Observé que las prioridades se simplificaban en objetivos de vida, cada cual marcaba los suyos y el mío… El mío lo tenía claro: volver a la tierra que me vio nacer para poder “empacharme” de ratos únicos con mi familia. Mi abuela había empezado a olvidar y no me quería perder ni un segundo más de ella.
Con trece años repartidos en cajas de mudanza, dentro de una furgoneta y tres décadas en el cuerpo, hice los más de cuatrocientos kilómetros que separan Madrid de Pamplona para trasladarme a casa de mi madre. Comencé una nueva andadura, un cambio de paradigma. Fui atenuando poco a poco las luces del escenario para iluminarme con una proyección musical inusual como nunca había imaginado, comencé a formarme como musicoterapeuta. Fueron tres años de viajes a Bilbao, al CIM -Centro de Investigación de Musicoterapia-. De cada experiencia formativa me traía manojos de aprendizajes de esos que calan en el alma y una profesión en construcción que crecía acompañada de la ilusión por ponerla en práctica.
El tiempo pasaba y ahí estaba ella, mi imparable abuela que con ochenta y bastantes años había seguido dándonos sustos cuando nos contaba que había pintado ventanas, o puertas, subiéndose a las sillas. Esa mujer que se vino con sus pertenencias en un baúl de la profunda Extremadura en busca de un futuro mejor junto a su marido y a sus dos hijos pequeños. Madre de cuatro, de los cuales el hijo mayor ya se hallaba por tierras navarras y una hija que siempre había sido una golondrina pero que un día también construyó su nido para quedarse cerca de ella, mi madre. Esa era mi abuela Inés, una mujer que vio más de lo que pudo contar y vivió más de lo que quisiera recordar y ahora, lo estaba olvidando y nosotras éramos testigos del proceso.
En aquel deseo de hacer todo lo que estuviera de mi parte para no perderla, iba poniendo en práctica el aprendizaje que traía desde tierras vizcaínas. Así supe que no se puede ser terapeuta de alguien con quien se tiene un vínculo afectivo. Pero descubrí a una abuela a la que le gustaba cantar y nunca lo había mostrado hasta que entoné “Doce cascabeles” y ella esbozó una sonrisa mientras cantaba con su voz llena de fuerza, alegría y seguridad. Sabía la letra, aunque no recordaba mi nombre…
Poco después entré a trabajar como voluntaria en la Casa Misericordia de Pamplona. Aquella fue una gran oportunidad para ir poniendo en funcionamiento toda la maquinaria. Me hice con un buen arsenal de instrumentos y arranqué mi primera andadura con dos grupos de personas mayores; uno con adultos mayores con deterioro cognitivo incipiente y otro con adultos mayores con diversidad funcional. Este último grupo era muy especial, de los que me llevé también grandes experiencias de vida. Aprendí que el poder de adaptación de las personas, pese a las vicisitudes y capacidades, podía ser una enciclopedia llena de lecciones de las que empaparse y nutrirse para poder ser mejor persona. Entendí que las palabras importaban mucho, que tener “retraso mental” o “discapacidad intelectual”, podía ser una losa limitante en tu día a día impidiendo el “Ser” por encima de todo lo demás. Y ya si a todo ello le ponías la palabra envejecimiento, te invisibilizaba en la sociedad. Todavía recuerdo sus nombres, sus sonidos y canciones que formaban su historia musical; pero de sus vidas y emociones verbalizadas, poco pude escuchar… Algunas personas llevaban toda su vida viviendo allí, por aquellas dificultades en las que se encontraban las familias cuando llegaba un hijo con estas características. Pero puedo contaros que fui testigo de risas, música espontánea y ratos llenos de cariño compartido y comunicación más allá de las palabras. Con estos dos grupos me inicié en lo que ahora es mi profesión como musicoterapeuta. El tiempo sigue pasando muy rápido, tanto que ya han transcurrido algo más de diecisiete años desde entonces y aun sigo en la Meca…
Y mi abuela, aquella mujer a la que tanto quise se fue una madrugada fría de febrero con sus casi noventa y seis años. Rodeada de amor, cerró esos ojos azules que miraban desde un lugar muy lejano del que nunca sabremos más de lo que ella quiso contar. Y yo sigo acompañando a personas en sus finales vidas, que como a Inés, algunas empiezan a olvidarla, otras aun la recuerdan y otras ya olvidaron. Lo que realmente nunca una persona debería perder es la dignidad y el sentir que es sentida. Hoy sigo acompañando melodías de vida, dando voz y sonido a aquellos sentimientos mudos que no pueden brotar. Y lo hago con el mismo cariño que me gustaría, si algún día yo estuviera en ese lugar, hicieran conmigo.
Isabel Laranjeira Gallardo. Musicoterapeuta de la Casa de Misericordia de Pamplona.