Opinión
"Que los delincuentes terminaran juzgando a los jueces era algo que no vimos venir en mi Españita, que es bonita y cada día un poquito más bananera y zapatera"

Actualizado el 20/05/2026 a las 21:09
Por el puente de Segovia van saltando los adivinos que hace diez años nunca habrían pensado que un juez pudiera imputar a José Luis Rodríguez Zapatero por presuntos delitos de blanqueo, tráfico de influencias y organización criminal. Qué vértigo produce el tiempo cuando deja de obedecer a los tertulianos y empieza a escribir por su cuenta.
Para ser el Gobierno que vino a terminar con la corrupción y a proteger el feminismo, el paisaje se ha ido llenando de putes, intermediarios y mordidas, como una novela tropical escrita entre Ferraz y un chabisque del Orinoco. “Vamos a follar aunque tengamos que pagar un poco”, dijo aquel presunto testaferro y liebre del zapaterismo en sus carrerillas por El Pardo. Y allí, en esa frase de barra americana, se dieron la mano la cama y la cartera, que en el socialismo español llevan décadas entendiéndose de maravilla.
Oro, petróleo, divisas, programas venezolanos de alimentos, no, que me enamoro, me dije, y salí a la calle para despejarme de ese Madrid caliente que parecía Caracas con Manolitos. Había manos quemadas, cejas tiradas por las calles, aquellas cejas de la cultura hirsuta, más pobladas que las del Oso de Brañosera en Palencia. Una ceja zapaterista y sanchista que escondía en realidad intereses y rapiña en torno a las rendiciones de nuestro país.
Por Ferraz uno ya imagina los chalecos de la UDEF volando en círculos como gaviotas de mal agüero, mientras el Gobierno comparece a defender, con admirable elasticidad, la presunción de inocencia del amigo y la culpabilidad instantánea del enemigo.
Que los delincuentes terminaran juzgando a los jueces era algo que no vimos venir en mi Españita, que es bonita y cada día un poquito más bananera y zapatera. Y de soniquete se aparece el blanqueo de las dictaduras y de los terroristas y el blanqueo de capitales envuelto en discursos en los que ZP habla del infinito entre un prestidigitador metafísico y una charla de gente que trompica en el parking de una sidrería saliendo de comer. La Tierra era “así de pequeñita” y así de grande la presunta mordida lo que establece una nueva regla: si un político es cursi, desconfía.