Opinión

"Es un edificio que se repite, en el que no hay adelante y atrás, un templo sin altar que bajo su cúpula inspirada en el Panteón celebra al ser humano como centro"

"Llovía a cántaros cuando fuimos a visitar la Villa Rotonda, en el Veneto, después de recorrer una llanura feraz en cuyo fondo encapotado, al norte, se ocultaban las Dolomitas"

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Pedro Charro

Actualizado el 18/05/2026 a las 08:32

Llovía a cántaros cuando fuimos a visitar la Villa Rotonda, en el Veneto, después de recorrer una llanura feraz en cuyo fondo encapotado, al norte, se ocultaban las Dolomitas, y al llegar nos encontramos que esta villa proyectada por Palladio hacia 1580, considerada un culmen de belleza y proporción, una obra perfecta, si hay algo que lo es, imitadísima, desde el Capitolio hasta cualquier casa con ínfulas,  una especie de modelo canónico, estaba cerrada por descanso semanal, y solo pudimos verla desde la verja de entrada, plantada al final de un camino bordeado de rosas, y tan solo por uno de sus lados, lo que no importaba mucho, pues la casa  se abre a los cuatro puntos cardinales de forma similar.  

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Es un edificio que se repite, en el que no hay adelante y atrás, un templo sin altar que bajo su cúpula inspirada en el Panteón celebra al ser humano como centro, un eje conectado al universo que cumple así el ideal del  renacimiento, que quiso que el hombre fuera la medida de todas las cosas, lo que sería el mejor programa todavía hoy, en que el espíritu vive arrinconado, y aun vista de lejos y bajo la lluvia, apostados, como si se tratara de mirar algo prohibido,  merecía la pena estar allí, junto a la casa. Era como una lección de que nunca es posible conseguirlo todo,  que lo que pretendemos no es lo que nos llega, pero que el truco consiste en sacar partido de eso, darle la vuelta, renunciar al todo y disfrutar la parte. Y allí estábamos, tan contentos en la verja, como si fuera mejor guardar la distancia, y la belleza fuera algo temible para lo que hubiera que prepararse y bajo el paraguas mirábamos el campo que había  explotado, las flores y la hierba crecida de primavera, y después la Villa Rotonda allí plantada sin darse importancia,  haciéndonos llegar lo que pocas cosas consiguen: una mezcla de esplendor y naturalidad, algo que nos deslumbra  y nos expande, como una música o un fervor del corazón, y que uno se lleva para siempre, como un ladrón su botín. 

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