Opinión

"Hoy hasta el más atrasado de los estudiantes tiene a su alcance refinadísimos dispositivos de escucha y grabación que el ojo docente no puede detectar"

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Jose María Romera

Publicado el 16/05/2026 a las 05:00

Llega otro mayo y vuelven los lamentos sobre el declive educativo encarnado en la PAU, antes EBAU o EvAU, antes Selectividad. Pero este curso el conflicto no gira en torno a lo voluble de la denominación, al nivel de las pruebas o al sindiós de las notas según comunidades autónomas. Lo que preocupa es, cómo no, la penetración de las tecnologías digitales y de la IA en la ejecución de los exámenes. O sea, las nuevas maneras de copiar. 

Al margen de que estén más o menos extendidas, se trata de que hoy hasta el más atrasado de los estudiantes tiene a su alcance refinadísimos dispositivos de escucha y grabación que el ojo docente no puede detectar, a la vez que chatbots de IA generativa capaces de facilitarle respuestas impecables. Era de prever. 

Alguien pensará que estamos ante otra de las alarmas causadas por la inadaptación del profesorado, y del sistema educativo en general, al huracán tecnológico que nos arrolla a todos. Pero hay algo más inquietante en este salto de la chuleta al audífono indetectable y del chivateo entre pupitres a la picaresca textual de nivel espionaje. Es la adulteración definitiva y sin retorno de los exámenes al uso. Y, con ella, el asalto a la meritocracia y la cultura del esfuerzo, tan maltrechas por otra parte. 

Por mucho aparato de seguridad que se aplique a la PAU, ya nadie puede tener la certeza de que sirva para premiar a los mejores porque en la era digital la trampa siempre va por delante de las normas. La tecnología es como el correcaminos de la Warner, y nosotros como el coyote, no solo fracasando una y otra vez en los intentos de darle caza, sino saliendo más humillados en cada lance. 

Los arbitristas de turno proponen soluciones por el flanco policial y punitivo, que de llevarse a la práctica convertirían las aulas de exámenes en prolongaciones del frente ruso-ucraniano. Los demás nos quedamos en la fascinación de esos artilugios minúsculos a los que hemos dado en llamar ‘nanopinganillos’. 

Ahí nos situamos, entre la ciencia y la chirigota, en esa mezcla de crudo lenguaje científico y alegre expresión popular tan útil para ahuyentar los miedos. ¿Qué daño puede hacer un chisme con nombre tan pinturero? Taparnos los ojos y después lanzarnos a dar palos de ciego: ese es el tipo de respuesta que damos a los desafíos de la época.

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