Opinión
"Hay algo en esa fauna de ciclados y siliconadas, en ese mercadeo de carne, collares y tatuajes, carreras por la playa y bailes nocturnos, que me hipnotiza"
Tengo un placer oculto del que me avergüenzo muchísimo. De hecho, intento no hablar de él en público: La Isla de las Tentaciones


Publicado el 23/04/2026 a las 08:35
Tengo un placer oculto del que me avergüenzo muchísimo. De hecho, intento no hablar de él en público. Y aunque es verdad que no ocurre siempre, sí sucede con una asiduidad preocupante. Después del capítulo diario de Netflix familiar, apremio a los míos para que se acuesten con el argumento de que ya es tarde, que el trabajo y el instituto están a la vuelta del despertador y que necesitan descansar. Y todo eso es cierto. Pero también lo es que busco quedarme solo frente al televisor, mirar de reojo a la puerta cerrada del salón y sintonizar un determinado canal. Y ahí está. Esperándome. 'La isla de las tentaciones'.
Lo sé. Está mal. En ocasiones es machista. En otras infantil. Excesivo. Y casi siempre, soez. En resumen, poco edificante. Pero qué quieren que les diga, hay algo en esa fauna de ciclados y siliconadas, en ese mercadeo de carne, collares y tatuajes, carreras por la playa y bailes nocturnos, que me hipnotiza. Y ahí me tiro un buen rato esperando a que suelten sus frases hechas (“he venido a probarme”; “tengo que dejarme llevar”) y a que estallen los conflictos. Y vaya si lo hacen.
Es precisamente en esos metrajes donde más cruces me hago viendo cómo ha cambiado la dinámica de parejas actual. Sé que está guionizado, que todos buscan monetizar su paso compartido por piscinas y jacuzzis, pero no deja de haber algo de verdad en sus relaciones. En ese hedonismo efímero que explota al primer atisbo de rutina, de responsabilidad mutua o de las complicaciones de la vida. En esa desgana frente al compromiso cuando éste implica pensar más en el otro que en uno mismo.
Le daba vueltas al compartir el otro día el programa con mi mujer y reírnos a carcajada limpia con cada pelea y berrido de los guapísimos de turno. Comparado con eso, lo nuestro parece de titanio. De hecho, cuando se publiquen estas líneas estaremos en la antesala de nuestro aniversario; 18 años desde aquel bendito ‘sí, quiero’, un matrimonio ya mayor de edad con sus muchos gozos y, también, alguna sombra. Porque qué sería del amor sin todos sus aderezos. Y como leo que la media de edad de los casamientos en España es de 16 años, constato que vamos bien, que sumamos alegrías y que acertamos entonces. Así que, como dirían en la isla, “quiero seguir viviendo la experiencia”.