Opinión

"No es una metáfora, es una mujer con el miedo metido en el tuétano y los dedos torpes trenzando algodón a la desesperada"

"Él maneja el ‘clic’ de la cerradura que la borra del mapa mientras el mundo sigue girando ahí fuera, ajeno al crujir de la tarima"

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Jose Murugarren

Publicado el 20/04/2026 a las 19:00

Mírenla ahí. No es una metáfora, es una mujer con el miedo metido en el tuétano y los dedos torpes trenzando algodón a la desesperada. Un nudo, otro nudo, y la vida colgando de un jirón. Dicen los papeles que fue una “caída”, un “suceso”, una “precipitación”. No es cierto. Fue un cálculo de supervivencia. Porque cuando ella quiso huir por la puerta, él se plantó en medio, echó la llave y convirtió el pasillo en una celda. Cuando el oxígeno es una limosna que administra el tipo que juró una y otra vez quererte, el abismo de un tercer piso empieza a parecerse a la libertad. Él tiene la llave. Él maneja el ‘clic’ de la cerradura que la borra del mapa mientras el mundo sigue girando ahí fuera, ajeno al crujir de la tarima. 

Ella no saltó por gusto. Ella eligió romperse contra el asfalto antes que dejarse deshacer, centímetro a centímetro, en un salón que ya no era hogar, sino una ratonera. Prefirió el vacío al carcelero. Y eso, señores, no es una elección; es una derrota colectiva que nos estalla en la cara. Hay una soledad de náufrago en ese último nudo de sábana. La de quien descubre, con el corazón en la boca, que la ley es papel mojado cuando una mano te aprieta el cuello. Luego vendrán los despachos, la jerga forense y esa literatura del fracaso que llaman “protocolo”. Medirán perímetros, rellenarán formularios y enfriarán el pánico con palabras técnicas. Pero de nada sirve una patrulla en la esquina cuando el lobo ya está al otro lado de la mirilla. Da igual si saltó o si la empujaron aunque sea relevante a efectos jurídicos. El matiz es lo de menos cuando ya vivías despeñada de antemano por la desidia de un sistema que llega tarde, siempre tarde. Mientras los juzgados tiran de tinta fría, ella se ha quedado ahí: convertida en un silencio atroz que se balancea, mudo y terrible, al otro lado de la ventana. Nos mira a todos. Y nos señala.

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