Opinión

"No es el comercio lo que desaparece, es el vecindario el que mucho antes ya le había negado saludo y trato"

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Jose María Romera

Actualizado el 17/04/2026 a las 22:54

Con cada cierre de un pequeño comercio surge un coro de voces que lamentan la pérdida. Es un clásico de la sentimentalidad colectiva de las ciudades, más destinado a alimentar nostalgias que a solucionar problemas y reparar daños. La desaparición de los comercios tradicionales es una tendencia imparable de la época, como lo es el éxito de los edificios cebra, los pisos turísticos y los llamados cafés de especialidad. De nada sirve resistirse a esa corriente, aunque se haga en nombre de un pasado cada vez más diluido en las memorias vecinales. 

Según el último informe de la UPTA, cada mes echa la persiana en España más de un millar de viejos comercios golpeados por la falta de relevo generacional, los cambios de hábitos de consumo, las compras electrónicas y el precio creciente de los alquileres. Con contrincantes de ese tamaño, a ver quién es el listo que pretenda alterar el signo de las cosas. 

No, quizá no se trata de hacerle frente sino de certificar la defunción y despedir al fallecido, y hacerlo con elegancia y pulso lírico. Ya que no lo defendimos cuando estuvo activo, que al menos conste nuestro pésame en forma de elegía. Como en los buenos obituarios, la fórmula del llanto por la muerte de comercios de cercanía exige en primer lugar la efusión de sentimiento, acompañada de la idealización del difunto y sus cualidades. Quejío y loa. Pesadumbre y panegírico, sin miedo al exceso, porque la atmósfera funeraria autoriza a sostener que esa mercería desaparecida se lleva consigo la identidad del barrio y que, sin esos ultramarinos de toda la vida, la ciudad camina derecha a la deshumanización. 

Si además se quiere dar una dimensión cívica a la pieza literaria, puede añadirse el siempre agradecido toque de denuncia contra la falta de medidas oficiales de apoyo al comercio de proximidad. Pero en el fondo todos somos conscientes de la falsedad de la ceremonia, que habla más de nosotros que de unos establecimientos no siempre frecuentados, incluso a menudo ignorados en vida. 

No es el comercio lo que desaparece, es el vecindario el que mucho antes ya le había negado saludo y trato. Como repiten los viejos actores frente al patio de butacas medio vacío: ese público ya no existe.

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