Opinión
El valor del esfuerzo silencioso

Actualizado el 16/03/2026 a las 08:39
Creo que jamás escuché a mis padres mencionar que estaban abatidos o abrumados por la vida ni que tuvieran estrés. La verdad es que en mi casa no oí la palabra estrés. Mi padre fue abogado y mi madre, hoy jubilada, es profesora de colegio. Me imagino que naturalmente estaban cansados, y nosotros recibíamos ese cariño de los agotados, que quizá se agradece el doble. Mis padres, que trabajaban una salvajada, sin embargo, no veían el trabajo como un castigo, sino como una auténtica oportunidad. La compensación era la del bienestar de los humildes profesionales. En formato analógico, con reuniones sin tablets ni portátiles ni WhatsApp, sin PowerPoint. Sólo libreta y bolígrafo para dibujar sus ideas y vertebrar proyectos evitando siempre los ataques de importancia. Sus empeños, sus luchas y sus agotamientos son su legado, y yo no podré olvidarlo jamás. Nadie. Los legados, ambiciosos, exigentes y humildes, son aquello que entregamos en la carrera de relevos que es la vida. Los legados, que, por el propio liderazgo ejercido, es un ejemplo que contagia, que se transmite y que se metaboliza en las personas. Yo creo en el propósito. Mucho, por supuesto. Pero creo en él si sirve para tomar decisiones. Porque si no vale para estos menesteres se queda sólo en una intención de carácter coreográfico. Si no ayuda en el proceso resolutivo se queda en un cartel aspiracional inútil, inoperante e ineficaz.
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Los propósitos son importantes, saber por qué hacemos las cosas siempre es fundamental. El propósito nos sostiene cuando llegan las decisiones difíciles. Pero los propósitos tienen algo de aspiracional, el legado es lo que queda, lo que nos sobrevive. Por eso necesitamos líderes que sepan combinar propósito y legado, que sepan crear un legado compartido. El propósito es importante, pero lo fundamental es lo que dejamos, el legado. La huella, que es en palabras muy sencillas, el punto culminante del propósito. Y ojo con el legado sin propósito, porque si no está relacionado con él, si no es coherente con el propósito es el resultado de la inflación de la vanidad, de la petulancia o de la ostentación. ¡Cuidado con la transición del propósito al legado, con el viaje de ida, pero también con el viaje de vuelta! El legado es tatuar nuestro nombre en el corazón de las personas, en los proyectos y en las empresas. Hoy necesitamos construir ecosistemas, no egosistemas. Y esto tiene que ver con los conceptos de iluminar y no brillar. Es decir, la necesidad de fomentar ambientes colaborativos en lugar de estructuras donde prevalezca el individualismo, el reino de los pluscuamperfectos. La idea es promover un entorno donde la cooperación y la integración sean la norma, generando así más valor y donde las personas puedan crecer. Las compañías deberían ser espacios donde encontrar sentido positivo a la vida profesional. Y los profesionales deben aprender a descubrir sentido por ellos mismos. Somos adultos.
El sentido de las cosas siempre tiene una tonalidad muy personal. Porque en el trabajo tenemos que encontrar sentido. Nuestras agendas deben tener sentido. Los líderes imperfectos que construyen legados con propósito saben que no es una batalla de llaneros solitarios, no pueden hacerlo solos. Los legados se cimentan con los demás y trascienden de manera diferencial cuando esos legados mejoran y enriquecen la vida de los demás positivamente. Los legados, queridos amigos, les dan sentido a nuestras trayectorias y a nuestros esfuerzos, finalmente. Sinceramente creo que necesitamos liderazgos mucho más transformadores. Profesionales que prediquen con el ejemplo y que ofrezcan una lógica de crecer haciendo crecer a los demás. Todo lo contrario de esos jefes que solamente están preocupados por poner techos de cristal a su alrededor. Precisamos de aire fresco, personas que tenga como punto de partida la confianza y como punto de llegada un propósito con afán de legado que vaya más allá de las propias instituciones y ayude a mejorar las compañías y la sociedad. El liderazgo imperfecto, sencillo, humilde, natural, discreto, sin petulancia, sin fanfarronería no es una teoría bonita, es una práctica exigente. Sin fuegos artificiales, con más autenticidad, con menos procesos vacíos, con más sentido, con más propósito real y con ese afán de legado que se trae a la agenda del presente para conjugar los cuatro verbos más importantes: influir, inspirar, servir y querer. Se trata de dar sentido a la propia trayectoria. Por eso el liderazgo es una dimensión superior a la de tener un cargo, con mandar no es suficiente. Así fue la vida de mis padres: poniendo en valor el esfuerzo silencioso, sin pirotecnia, sin doblegarse ante la ostentación —tan dañina, tan innecesaria y, en el fondo, tan mediocre—. No olvidar los orígenes es una forma de coherencia. También es una manera de honrar los esfuerzos y los legados de quienes nos precedieron.
Roberto Cabezas Ríos, HR Influencers in Spain 2025, Expert in Higher Education Management, Universidad de Navarra.