Opinión
"Descubrimos que a los rusos no se les frena con feminismo woke, ni con ideas animalistas extravagantes, ni con debates identitarios desconectados del mundo real"

Actualizado el 25/02/2026 a las 08:05
Un español que trabajaba en una cadena de supermercados salió una mañana al balcón de su casa, en Kiev, con el teléfono en la mano. En directo, en la radio, con Juanra Lucas, se escuchaban los disparos del ejército ruso al norte de la ciudad, que entonces parecía peligrosamente cercana. Contaba que había apagado las luces del piso para no llamar la atención y que las tropas de Putin estaban allí mismo. Aquella llamada era el sonido de las puertas de Europa, el ruido seco de la frontera de Occidente.
Cuando Juanra Lucas fue a despedir la conexión, aquel hombre pidió seguir en directo. Así —dijo— no se sentía tan solo. Hubo un momento, quizá fue ese, en el que comprendimos que también nosotros estábamos en riesgo. No Ucrania: nosotros. Después, las cosas dejaron de ser sencillas.
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Si los rusos iban a entrar en Kiev en una mañana, no lo han conseguido ni en cuatro años. Hay muchas cosas que creemos que pueden hacerse en una mañana. Luego resultó que la inteligencia les desbarató los planes, que los chinos les habían vendido walkie-talkies de primera comunión y que Ucrania decidió pagar un precio altísimo de sangre por conservarse, por conservarnos.
Han pasado cuatro años desde que Alina, Ana y su madre se subieron a una furgoneta de desconocidos camino de Madrid, en un aparcamiento de un polideportivo junto a la frontera con Polonia, donde parecía que siempre era de noche. Cuatro años. Y nos hemos hecho viejos. Viejos porque nos expusimos sin anestesia a la realidad de lo que éramos: una Europa ensimismada, convencida de que no necesitaba defenderse, segura de que la historia había terminado y de que todo podía resolverse en seminarios y declaraciones solemnes.
Descubrimos que a los rusos no se les frena con feminismo woke, ni con ideas animalistas extravagantes, ni con debates identitarios desconectados del mundo real. No se les detiene con ocurrencias ni con moralinas del Monasterio de Igualdad. La toma de conciencia suele ser brusca. Y casi siempre es una forma de hacerse mayor.
También pensamos que en cualquier momento podríamos ser invadidos. Y no ha ocurrido así. Al menos, no en una mañana. La amenaza no llegó de golpe, sino a cámara lenta. Y quizá por eso seguimos mirando hacia otro lado, como si aquel balcón de Kiev, con las luces apagadas y los disparos al fondo, no hubiera sido nunca el nuestro.
