El Rincón
Inmigración: un fenómeno tan rápido que deja jirones en el cuerpo social y que es de todo menos simple
"Recibimos sin control mientras el resto de Europa ha dado ya un giro completo ahogada por el problema y ordenar la necesaria inmigración debiera ser una prioridad y una política de Estado"


Publicado el 22/02/2026 a las 05:00
Un auténtico desafío. Uno de cada cinco navarros ha nacido ya en otro país. Una proporción que se ha doblado en sólo dos décadas. La inmigración ha cambiado el paisaje humano de nuestros pueblos y ciudades. Un fenómeno tan rápido que deja jirones en el cuerpo social y que es de todo menos simple. Donde toca huir tanto del buenismo que algunos mantienen desde la distancia física a la realidad como de la xenofobia que se alimenta de los agujeros negros del sistema.
Lecciones en Navarra. La realidad de la inmigración no es uniforme. Ni en origen ni en destino. Más de la mitad de la población inmigrante en Navarra viene de Latinoamérica, donde compartimos lengua y una tradición religiosa común. Y un 25% proviene del Magreb, norte de África, donde no sentimos cercanas ni lengua ni cultura religiosa. Esa es una brecha evidente que agranda las distancias hoy. Tampoco es uniforme el asentamiento inmigrante en el territorio. Es mucho más diluido en Pamplona, por ejemplo, a pesar de su concentración en determinados barrios. Pero es mucho más visible en localidades medianas y pequeñas. Sobre todo del sur de Navarra, en la Ribera, donde se concentra la inmigración magrebí.
Cambio del paisaje social. Diario de Navarra organizaba esta semana un debate sobre la inmigración en Fitero, con un 32% de población extranjera. Allí, la directora general de políticas migratorias del Gobierno, Eva Gurría, hablaba de los dos duelos. El primero, el de los migrantes, que abandonan su sociedad para llegar a otro país. No hay más que recordar que en España hemos sido una sociedad de emigrantes y cómo recuerdan de dura su experiencia los que la vivieron. Pero también hay otro duelo. El de los habitantes de los pueblos de Navarra que ven cambiar de forma acelerada y brusca su entorno social y lo viven con una comprensible mezcla de temor y pérdida de identidad propia. Una realidad que es especialmente visible en la Ribera.
Dos necesidades. Igual que genera dos duelos, debe generar dos necesidades. La de los autóctonos, la de acercarnos con la mirada limpia. La que permite reconocer que la gran mayoría de los migrantes son sólo personas que buscan un mundo mejor en el que vivir, que aportan la población que necesitamos en una tierra que envejece a pasos agigantados y donde siguen cayendo los nacimientos. Y que trabajan, hay 40.000 extranjeros cotizando en la Seguridad Social en Navarra. En muchos casos además en sectores donde ya no hay manera de encontrar trabajadores locales, como el campo y la construcción. Pero también quienes arriban a Navarra, a España, deben ser conscientes de la necesidad de adaptarse a la cultura que les recibe, sin que eso signifique perder la suya. Aprender la lengua, por ejemplo, es elemental. Y ver fantásticos ejemplos de integración laboral de jóvenes magrebíes habla de la evolución natural y positiva de un proceso que lleva tiempo y exige voluntad. Pero en un mundo europeo donde la igualdad de hombres y mujeres es básica, las barreras culturales con una parte de la comunidad musulmana son muy reales.
Cortar abusos. La inmigración genera una Navarra mucho más mestiza de lo que hemos conocido. Intercultural. Así es ya. Y ver el fenómeno en positivo no debe hacernos ocultar algunos problemas. Localidades donde la dependencia de la Renta Garantizada es excesiva y existencia de mafias dedicadas a importar inmigrantes bajo el efecto llamada de una renta de la que vivir sin trabajar. Claro que no es la realidad mayoritaria, pero representa una minoría de abusos tan sangrantes que origina un hondo rechazo. Y lo peor que pueden hacer los políticos es no afrontarlo, porque eso sólo lleva a la frustración ciudadana y a engordar la extrema derecha. Además, la Administración foral es incapaz de dar respuestas para la integración al ritmo que exige el desafío para desesperación de alcaldes como el de Fitero, Miguel Aguirre (UPN), todo un ejemplo de respuesta sensata y preocupada a un fenómeno que les arrolla. No va de color político. Es sentido común. Es obvio que en España no se ha hecho una política migratoria de verdad. Recibimos sin control mientras el resto de Europa ha dado ya un giro completo ahogada por el problema y ordenar la necesaria inmigración debiera ser una prioridad y una política de Estado. Lo contrario es ir a salto de mata sin mirar de frente el desafío.