Opinión

Groenlandia: entre la geopolítica y la realidad

Chris Stewart, coronel veterano de la Fuerza Aérea y leal amigo de Trump, refiriéndose al presidente sugiere: “A Trump hay que tomárselo en serio, pero no al pie de la letra”

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Joaquín Garro

Publicado el 13/02/2026 a las 05:00

La idea de Donald Trump de quedarse con Groenlandia no fue una excentricidad aislada, sino el reflejo de una visión cruda de la política internacional, donde la geopolítica y el poder vuelven a imponerse y que como bien señaló Napoleón: “La geografía es el factor más permanente de la política”. Trump es hoy el mayor exponente de una forma de poder en la que lo imprevisible es estrategia. No gobierna desde la razón, sino desde la amenaza de cruzar líneas que nadie más se atrevería a traspasar. La amenaza de hacerse con Groenlandia comprándola o incluso con las armas en la mano, caso de haberse llegado a materializar, hubiera supuesto una crisis existencial de la OTAN. El planteamiento del presidente estadounidense de adquirir la isla de hielo, por razones de seguridad nacional y de competencia ante Rusia y China esgrimidos, afectarían no solo a Groenlandia, sino más bien a toda la región Ártica. Y eso de que rusos y chinos pudieran hacerse con la isla no está sustentado por ningún análisis serio y de inteligencia, y se acerca más a la definición del excongresista republicano Chris Stewart, coronel veterano de la Fuerza Aérea y leal amigo de Trump, cuando refiriéndose al presidente sugiere: “A Trump hay que tomárselo en serio, pero no al pie de la letra”. Y como sentenció Maquiavelo en el Príncipe: “Todos ven lo que pareces, pocos sienten lo que eres. 

La forma en que Trump ha gestionado el tema de Groenlandia no es ya un exabrupto calculado, es simplemente un dislate. Cuando el inquilino de la Casa Blanca trata a Dinamarca, miembro fundador de la Alianza Atlántica, país que perdió soldados en Afganistán junto a EE UU, con la misma brutalidad transaccional que a un adversario comercial asiático, algo fundamental se ha fracturado y no solo erosiona la confianza entre aliados, sino que erosiona la propia credibilidad de la disuasión occidental. Groenlandia está situada en una posición geopolítica clave entre América del Norte y Europa y conviene recordar que EE UU dispone de una base militar desde hace varias décadas. La negativa a su venta por parte de Dinamarca y Groenlandia resulta una barrera insalvable para EE UU, ya que cualquier transferencia de soberanía requeriría modificar la Constitución danesa y un acuerdo negociado entre los gobiernos implicados. Además, el planteamiento de Trump ha causado malestar en Europa y entre los aliados de la OTAN, lo que ha llevado a una respuesta diplomática unificada contra la idea de una compra forzada o presión para transferir el territorio. A Vladimir Putin, que lleva muchos años apostando por la fractura de la OTAN, quizás Donald Trump le esté facilitando el trabajo. 

Un ataque impulsivo contra un aliado de larga data como Dinamarca sería catastrófico, ya que llevaría a Japón, Taiwán, Corea del Sur, Canadá y a otros países a considerar acuerdos de seguridad alternativos que reduzcan su dependencia de un EE.UU. poco fiable. Tras diversos sondeos por parte de Trump, éste ha sentido la falta de apoyo político interno y externo, como el del primer ministro canadiense Mark Camey en el reciente foro de Davos, recordándole que “la violencia ha dejado de ser rentable”. Además, legisladores, conservadores y moderados de su propio partido le han expresado sus dudas sobre la viabilidad y el coste político de una anexión o adquisición de un territorio extranjero por parte de EE UU. En Davos 2026, Trump llegó a amenazar con sanciones económicas (aranceles), pero finalmente echó marcha atrás dada la firme oposición aliada optando por un “acuerdo marco” que no incluye la compra del territorio, sino una ampliación de cooperación en seguridad ártica dentro de la estructura de la OTAN. 

Este retroceso fue interpretado como un reconocimiento de que las limitaciones políticas y diplomáticas superaban la posibilidad de forzar una transferencia de soberanía. El marco legal y político internacional no contempla que una población pueda ser comprada como si fuera un bien inmueble. Concluyendo, Trump se ha visto obligado a desistir de quedarse con Groenlandia, ya que ésta y Dinamarca han rechazado categóricamente la venta. EE UU ha sufrido una oposición política significativa y una falta de apoyo público muy notable. El marco legal no permite una trasferencia de soberanía como la planteada por Trump y ha modulado que éste lleve su enfoque hacia la negociación con Dinamarca y la OTAN, a fin de asegurar mayor presencia militar y cooperación en Groenlandia, sin propiedad ni anexión directa que lleva a un cambio de táctica respecto a propuestas anteriores. Por su parte Dinamarca y sus socios deberían acelerar el desarrollo de los recursos minerales y energéticos de la isla, mitigando los incentivos comerciales que parecen impulsar el interés de Trump por la anexión y no olvidando a Henry Kissinger cuando dijo: “Incluso las grandes potencias descubren que no todo tiene precio”. 

Joaquín Garro Domeño. Doctor en Seguridad Internacional

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