Opinión
"Soy ciudadana -y ciudadana agotada- de que nos traten como si fuésemos incapaces de reflexionar"
"Hay una subestimación constante de la capacidad crítica de la sociedad, y eso erosiona algo más profundo que la confianza: erosiona la dignidad. Todos quieren los sillones. Pocos quieren moverse de ellos"

Publicado el 13/02/2026 a las 05:00
Las políticas sociales y el choque cultural no solo son importantes: son profundamente difíciles de transmitir. No porque falten palabras, sino porque sobran discursos vacíos. Hoy, gran parte del perfil político dominante ha perdido la capacidad -o la voluntad- de ejercer una crítica constructiva. No hay una estrategia real para observar la complejidad social ni para poner a todos los actores en la escena. En su lugar, se repite una dinámica cómoda: señalar culpables, dividir bandos y sostener un diálogo negativo, superficial y poco honesto. Seguimos sin aceptar una verdad incómoda: la realidad social no se transforma culpando a unos mientras otros se proclaman moralmente superiores. Ese gesto, tan frecuente como estéril, solo alimenta el ruido. Y el ruido cansa. La decepción se acumula cuando vemos que la lógica es siempre la misma, independientemente de quién ocupe el micrófono o el sillón. Esta semana, las intervenciones en las comisiones del parlamento han sido un reflejo claro de ello. Casos palpables, realidades que no se tapan con un dedo, expuestas ante todos. No hace falta ser juez para advertirlo, ni señalar con el dedo para comprender que hay situaciones que interpelan directamente a la inteligencia colectiva. Desde ese lugar hablo: no desde la condena, sino desde la ciudadanía. Porque soy ciudadana -y ciudadana agotada- de que nos traten como si fuésemos incapaces de reflexionar.
Como si aceptáramos cualquier relato sin cuestionarlo, como si compráramos versiones prefabricadas sin hacernos preguntas. Hay una subestimación constante de la capacidad crítica de la sociedad, y eso erosiona algo más profundo que la confianza: erosiona la dignidad. Todos quieren los sillones. Pocos quieren moverse de ellos. El poder se convierte en un fin en sí mismo, y no en una herramienta para transformar. En ese proceso, la política pierde vida, pierde energía y pierde verdad. La tristeza aparece cuando la energía que se transmite no inspira ni moviliza; es una energía gastada, sin pulso, incapaz de conectar con la experiencia real de las personas. Nadie habla de lo que cree. Se habla de lo que conviene decir. Las ideas se adaptan al objetivo inmediato, y el ego se instala como protagonista permanente. Se construyen relatos no para comprender la realidad, sino para controlarla simbólicamente.
Así, la política deja de ser un espacio de pensamiento colectivo y se transforma en una escena de actuación continua. Decimos que buscamos el cambio, pero rara vez nos preguntamos si estamos dispuestos a incomodarnos para hacerlo posible. Porque el cambio no nace de la repetición ni del cálculo frío; nace de la autocrítica, de la escucha genuina y del coraje de abandonar certezas que ya no funcionan. Exige líderes -y también ciudadanos- capaces de aceptar que no tienen todas las respuestas. Tal vez el verdadero cambio no empiece en una nueva consigna ni en una nueva comisión, sino en una actitud distinta: menos soberbia, más verdad; menos estrategia vacía, más sentido; menos poder por el poder mismo y más respeto por una sociedad que piensa, siente y observa. Solo entonces la política podrá volver a tener vida. Y solo entonces dejará de doler tanto verla.