Opinión

"Dijo Gabriel Rufián que pasaría dieciocho meses como diputado del Congreso de los Diputados y después dimitiría, y de aquello han pasado diez años. Ahí sigue"

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Chapu Apaolaza

Publicado el 11/02/2026 a las 05:00

Dijo Gabriel Rufián que pasaría dieciocho meses como diputado del Congreso de los Diputados y después dimitiría, y de aquello han pasado diez años. Ahí sigue. Yo le entiendo porque en primero de Farmacia me metí en la tuna de Larraona y pasé ocho años estudiando. A Rufián y a mí nos pierde eso que llaman la vida. A mis 48 me ocurre que hay días en los que entro un momento en la iglesia y me entretengo.

Rufián —cómo rufianea— se ha convertido en uno de esos personajes de Madrid, que es una ciudad madre que quiere a su gente sin condiciones, y aquí un indepe se lo pasa de chulapo mejor que los hermanos Anoz en las fiestas de Falces. Rufián es un tipo verdaderamente simpático que se pasea por eventos culturales, tiene amigos españoles que presumen de él y lo llevan por ahí rubricando su exotismo como si llevaran al negro de Banyoles. Si en tu cuadrilla llevas a Rufián, estás por encima del bien y del mal, de las dos Españas y de todo ese monario; por eso estamos ante alguien tan de moda. Me contaban que en El Ejido, los chavales de los noventa vieron llegar al primer subsahariano y lo llevaban de copas porque con él ligaban más. Lo de Rufián es lo mismo, pero al revés.

A mí que don Gabriel baile bachata y arrime la cebolleta en los garitos de Malasaña me parece un logro de este país. En un debate escuché que, para ser de Barcelona, había que entender que uno formaba parte de un pueblo con identidad, lengua, pasado y futuro, historia y apertura de miras, etcétera. Aquí te compras un bonobús de diez viajes, o una entrada para el tendido seis de Las Ventas, o un botellín en el bar que llaman el Guarro después de los toros, y ya eres de Madrid de pleno derecho.

Además de vivir esta maravillosa ciudad, el plan del portavoz de ERC es hacerse líder de la izquierda española: la que suma al sumar que sumó a otros y así, juntándose cada poco —aunque cada vez sean menos—, se va manteniendo en una estructura política autoportante. Es curioso, cuanto menos, y da medida de la procesización y la borroquización de España cómo Bildu y los independentistas vinieron para que no les mandara Madrid y ahora, en Madrid, mandan ellos.

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