Opinión
Navarra en la España europea
"Más que cifras oficiales y testimonios que pueden parecer ajenos, cada uno de nosotros puede apreciar el cambio para mejor que ha supuesto nuestra integración en la Unión Europea"

Actualizado el 09/02/2026 a las 08:23
Era el 13 de enero de 1986. Aquella entrada triunfal de los nuevos diputados españoles y portugueses en la sesión de plenos del Parlamento Europeo en Estrasburgo fue uno de los acontecimientos más felices de nuestras vidas. Algunos de nosotros habíamos estado ya, desde 1983, en la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, y habíamos tenido tiempo para estudiar y conocer la Europa a la que veníamos a servir. En esos momentos, en que la historia se hace presente como en un rayo de luz, recordé a los muchos españoles europeístas que hicieron posible aquella realidad: desde el autor anónimo de la “Crónica mozárabe” (754), donde, al hablar de la batalla de Poitiers de 732, emplea por vez primera la palabra “geuropenses” (europeos) como comunidad continental con un mismo destino, hasta llegar a los participantes en el “Contubernio de Munich” (1962), en el IV Congreso del Movimiento Europeo, donde Salvador de Madariaga, principal organizador del encuentro, aclaró en su discurso qué Europa buscaban y querían: “la que se crea al confluir dos grandes tradiciones: la socrática, que pide libertad de pensamiento, y la cristiana, que pide respeto para la persona humana”. Con España, convertida en Estado miembro de la entonces Comunidad Económica Europea, entraba Navarra, parte de la Hispania romana y del Imperio, primera configuración de Europa, y reino independiente después, plenamente europeo, que desde esa fecha iba a crecer, como todas las comunidades españolas, en paz, progreso y prosperidad.
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Ahora que tantos ven a la actual Unión Europea en horas bajas por su falta de poder militar y por su debilidad orgánica a la hora de tomar decisiones, conviene no olvidar que la Unión solo tiene 40 años de vida entre nosotros, y pocos más en otros países, tiempo mínimo en una institución de su envergadura y enjundia, la más próspera y humanizada de todo el planeta. En los años que me tocó trabajar en el Parlamento Europeo pude ver de cerca el Acuerdo de Schengen (1990), que suprimió los controles fronterizos y facilitó la circulación de personas; el Tratado de Maastricht (1992), que incluía la creación del euro y cambiaba la CEE por la UE (Unión Europea); establecía la cooperación exterior y de seguridad común e introducía la ciudadanía europea, con derecho a circular, residir y trabajar libremente en toda la Unión. También, ese mismo año, se creaba el Fondo de Cohesión - ¡más de 150.000 millones de euros para España desde entonces!- en favor de los países con renta inferior al 90% de la media, como nuestro país, al mismo tiempo que se aumentaban los Fondos Estructurales para las regiones más pobres. A partir de nuestra membrecía europea, todo ha sido un fluir económico, político, social y cultural constante, que las solas cifras no saben traducir pero sí apuntar. Baste decir, por ejemplo, que el empleo total de España ha pasado de 10, 8 millones de puestos de trabajo en 1986 a 21,1 millones en 2024. Que, hoy en día, el 67% de las exportaciones agrícolas se destinan a otros países de la Unión, siendo España el segundo país receptor de fondos de la tan traída y llevada Política Agraria Común. O que las exportaciones mundiales de bienes de nuestro país aumentaron desde 12.000 millones de euros en 1986 a 141.000 en 2024.
La Unión Europea ha ido abriendo nuevas oportunidades para viajar y estudiar en todos sus Estados a más de 200.000 estudiantes gracias al programa Erasmus, nombre de aquel gran humanista europeo, y a más de 30.000 investigadores, que recibieron más de 17.000 millones de euros para sus proyectos. ¡Y eso que las cifras del presupuesto común de la Unión son todavía muy bajas! Y así podríamos seguir, pero el lector tiene a mano en la Inter-Red todos los números, en todos los sectores de la vida europea, para poder conocer, comparar y juzgar todo lo mucho y lo variado que el ingreso de España, y Navarra con ella, ha traído consigo. Han pasado cuarenta años desde aquel 13 de enero de 1986. Más que cifras oficiales y testimonios que pueden parecer ajenos, cada uno de nosotros puede apreciar el cambio para mejor que ha supuesto nuestra integración en la Unión Europea para nosotros mismos, para los que nos rodean y para lo que nos rodea, desde las grandes infraestructuras de nuestros pueblos y ciudades hasta la seguridad de nuestras naciones. La princesa mitológica Europa, que un día raptó Zeus en forma de toro para llevarla a Creta, como aparece en el cuadro de Rembrandt, es hoy nuestra gran patria, matria y fratria común de todos los navarros, españoles y europeos.
Víctor Manuel Arbeloa, ex miembro de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa y ex diputado al Parlamento Europeo