Opinión

"Escuchando la conversación pensé que había humanidad, humildad intelectual, y belleza en el acto de aceptar la razón del otro"

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Jose Murugarren

Actualizado el 10/02/2026 a las 09:22

"Admitir que te he convencido no te hace pequeño”, le dijo y el periódico que yo sostenía a la altura de los ojos me impidió ver el gesto del receptor del mensaje. Calló y dio un sorbo al cortado. Juraría que reflexionaba. Los dos desayunaban en una mesa a mi lado en la cafetería. No parecía el silencio de quien afila una respuesta de contraataque. Por lo inusual del espectáculo quedé enganchado. “¡Alguien que escucha sin interrumpir!”, me dije. Y a quien su interlocutor ha convencido. “Insólito”, pensé, mientras rumiaba la idea de que confundimos tener criterio con ser granítico manteniendo la opinión. 

No me refiero a cambiar de opinión para sacar provecho como vemos en demasiadas ocasiones en nuestros políticos, sino a escuchar un argumento y estar dispuesto a incorporar nuevos datos o perspectivas que ponen en cuestión creencias anteriores. Hablo de esa escucha activa en la que dejas de ser infranqueable para ver posible cambiar de criterio.

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-Es que si cambio de opinión, replicó, parecerá que no tengo principios. -Al contrario, respondió su interlocutor. Cambiar de opinión no es faltar a la coherencia. La congruencia es equilibrio entre lo que descubrimos y lo que sostenemos.

Escuchando la conversación pensé que había humanidad, humildad intelectual, y belleza en el acto de aceptar la razón del otro. El diálogo no debería ser un ring. ¿Por qué no reivindicar el debate noble y libérrimo, que no busca vencer, sino comprender y está dispuesto a mover el punto de vista? Es un ejercicio que requiere una escucha empática, que atiende las razones del otro y las comprende. No se trata de callar mientras uno habla y el otro, agazapado, simula escuchar para saltar y colocar su postulado sin analizar siquiera lo que se le ofrecía. Es hermoso cambiar de opinión si en el proceso ha habido escucha. Entonces es sencillamente, dejar que el otro te habite un momento y te dejes habitar.

Reconocer un “me convenciste” no es una derrota, es una liberación. No se trata de ganar o perder, blanco o negro y mantenerse inflexible. Soltar esa firmeza puede resultar liberador.

- ¿Otro cortado?

- ¿Y si lo tomamos solo?

- Yo soy de cortado.

-¿Sabes que el solo no tiene calorías, ni grasas y es más ligero de digerir?

- Ahora eres tú el que me ha convencido. Dos solos.

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