Opinión
"Los profesores de gimnasia no están de moda porque representan, con su pito al cuello, todo lo que el mundo woke detesta"

Actualizado el 04/02/2026 a las 08:04
El guionista Diego San José —‘Ocho apellidos vascos’, ‘Pagafantas’, ‘Vaya semanita’ y otras obras de primera—, recogió el galardón al mejor guion de los Premios Feroz por la serie Yakarta y lo dedicó a su profesor de Gimnasia del instituto Anaka de Irún. Contó que gracias a él se había hecho guionista, que le obligaba a saltar el potro y a someterse al “tristísimo” test de Cooper. Que probablemente no estuviera viendo La 2, donde se retransmitía la gala, y que, cuando fracasaba, ya adivinaba en su mirada que el profesor pensaba que no iba a llegar a nada. Y concluyó: “Don Cipriano, no sabré saltar el potro, pero esto es un Feroz al mejor guion”.
Los profesores de gimnasia no están de moda porque representan, con su pito al cuello, todo lo que el mundo woke detesta. El cronómetro y el podio son una enmienda a la totalidad del pensamiento líquido: introducen el orden natural, esa herejía según la cual unos corren más que otros, saltan más alto o llegan antes. La gimnasia es fascista porque mide, compara y señala.
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A ver por qué un niño puede discutir que dos más dos sean cuatro y montar un drama emocional si le suspendes, pero debe aceptar sin trauma las leyes de la física que le impiden volar. Hoy hay quien se pregunta, con gesto grave, si es justo que un atleta gane el oro y otro la plata si ambos han entrenado lo mismo. El mérito se ha convertido en una microagresión y el esfuerzo, en una sospecha ideológica. Yo estas cosas las entendí pronto porque nunca en mi vida hice bien un deporte. En el colegio me ponían de portero para hacer bulto, así que, como Scott Fitzgerald, hablo desde la autoridad moral que concede el fracaso.
Don Cipriano seguramente enseñó a San José el valor del esfuerzo, pero no logró vacunarle contra el rencor. La humillación, bien digerida, ensancha; mal administrada, empequeñece. Exponer a un viejo profesor ante todo el país no es una victoria, sino una revancha barata. La vida enseña —más allá del potro y de los guiones brillantes como los suyos— que el olvido, la misericordia y el perdón pesan más que cualquier aplauso. Y duran bastante más.