Opinión
"Luego he visto que era un librero francés asentado en Pamplona, lo que no debía ser extraño"

Actualizado el 02/02/2026 a las 10:17
Entré en la Galería de la Colecciones Reales en Madrid, un museo que está apostado junto al Palacio Real, casi oculto, como si no quisiera meter ruido y sí dejar al magnífico entorno respirar a sus anchas, una lección de arquitectura seguramente, y fui descendiendo por una larga rampa, desde los Austrias a los Borbones, topándome con armaduras, joyas, estatuas ecuestres, tapices de Goya, cuadros de El Greco y de Caravaggio, todo sin duda espléndido, incluida la exposición temporal dedicada a la reina Victoria Eugenia, aquella que vio caer una bomba en un ramo de flores el día de su boda, y en una vitrina vi de pronto un gran libro sobre la vida y hechos del emperador Carlos V “Rey católico de España y de las Indias, islas y tierra firme del mar océano”, una biografía en dos tomo lujosos y me fijé que estaba impreso en Pamplona, en casa de Bartholome Paris, mercader librero, ponía, en el año 1618.
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Luego he visto que era un librero francés asentado en Pamplona, lo que no debía ser extraño, parece que es por entonces cuando la imprenta y los libros tienen su desarrollo y parte de la población mantiene el contacto con lo que fue la merindad de ultrapuertos, y esa librería de Paris, ahora, permite conocer lo que era nuestra ciudad, sus gustos e ideas, lo que la gente leía entonces, reinando el rey Felipe II, hijo del emperador Carlos, dueño de medio mundo, desde las lejanas Indias a media Europa y las Filipinas.
De los libros que Paris tenía en su tienda se hizo un inventario al serle embargados en un pleito, que es una forma habitual, junto con los testamentos, de conocer estas cosas: la historia pequeña, lo que se compraba y vendía, como era en suma la vida, y en ese inventario hay muchos libros piadosos y leyes del reyno, pero también está el ingenioso hidalgo y las novelas ejemplares de Cervantes y las comedias de Lope, son los best sellers de la época, no en vano es el siglo de oro y también lo es en nuestra ciudad amurallada y minúscula, con sus callejas y su tienda de libros que no parecen gran cosa, pero que al final vencen al tiempo.