Opinión

Día Internacional en memoria del Holocausto

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Javier Blázquez

Actualizado el 27/01/2026 a las 08:49

Tal día como hoy, el 27 de enero de 1945, dos divisiones del Primer Frente Ucraniano, integradas en el ejército soviético, liberaron el campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau, uno de los principales centros del horror nazi diseminados por Europa. Ochenta y un años después, la Unesco reitera su compromiso de luchar contra los prejuicios y las actitudes racistas, el antisemitismo y cualquier forma de intolerancia que pueda derivar en violencia. Al mismo tiempo, advierte que aquel “genocidio perpetrado durante la Segunda Guerra Mundial no pertenece solamente al pasado. Es una historia viva, que nos concierne a todos, cualesquiera que sean nuestras procedencias, culturas o religiones”. Más aún en una época marcada por la incertidumbre y la polarización, en la que los discursos supremacistas, xenófobos y demagógicos van ocupando un espacio cada vez mayor en la esfera pública.

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Los motivos del auge actual de esas actitudes discriminatorias y excluyentes pueden ser diversos, pero, como advertía Tzvetan Todorov, los males que el espíritu ilustrado trató de erradicar han demostrado ser más resistentes de lo que imaginaron los hombres del siglo de las Luces. Incluso han crecido desde entonces, porque “los tradicionales enemigos de la Ilustración: el oscurantismo, la autoridad arbitraria y el fanatismo son como cabezas de hidra que vuelven a brotar poco después de haber sido cortadas”.

Conviene recordar que, nada más acceder al poder en enero de 1933, los dirigentes nazis se sirvieron de la enseñanza, el cine y los medios de comunicación como instrumentos de manipulación. Pretendían adoctrinar, secuestrar la verdad de las palabras y alterar su significado para imponer su ideología totalitaria.

A través del lenguaje tergiversaban la realidad, engañaban a los votantes con estratagemas y falsedades continuas, y sembraban el odio por doquier, hasta lograr que buena parte de los ciudadanos alemanes colaboraran, activamente o mediante su silencio, en la maquinaria de la barbarie. Aquella horda violenta, alentada por el régimen nacionalsocialista, persiguió con saña al pueblo judío, a los gitanos, a los homosexuales, a los Testigos de Jehová… como se reveló tras la liberación de Auschwitz.

Solo así puede entenderse la masiva implicación en aquella orgía devastadora, que atrajo no solo a trabajadores, comerciantes, industriales o financieros, sino también a científicos e intelectuales de múltiples disciplinas —biología, medicina, derecho, filosofía— que se dejaron fascinar y actuaron como cómplices. Todo ocurrió en uno de los países más desarrollados de Europa, que en el primer tercio del siglo contaba con el mayor número de premios Nobel del mundo, buena parte de ellos judíos.

Los dirigentes nazis, como el ministro de Propaganda Joseph Goebbels, sabían que las palabras son armas peligrosas. Pueden ser anestesiantes y, a la vez, corrosivas y letales. Funcionan como dosis mínimas de arsénico que se ingieren sin percatarse, pero que con el tiempo se vuelven tóxicas: anulan el sentido crítico, envenenan y acaban produciendo efectos mortíferos.

En la mentalidad nazi no tenían cabida la compasión ni la sensibilidad. Sus miembros debían tomar decisiones sin escrúpulos morales y actuar con absoluta falta de piedad frente a los considerados “enemigos del pueblo alemán”. El caso de Hermann Göring, estratega brillante y fanático de Hitler, protagonista de la reciente película Nüremberg, resulta elocuente. Todos los oficiales del ejército juraron entregar su vida al Führer, un hombre iracundo y abyecto, sin formación ni experiencia política previa. De ahí la importancia de recordar acontecimientos históricos tan relevantes como el Holocausto. El totalitarismo nazi, ese inefable documento de barbarie, no fue solo una fábrica de muerte, sino también un proyecto premeditado de olvido. Sabemos que la memoria es frágil, pero el pasado exige ser recordado, porque Auschwitz sigue siendo una herida abierta en la conciencia de la humanidad. Como advirtió el superviviente Primo Levi: “Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder; las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: las nuestras también”.

Lamentablemente, el fantasma del racismo y la xenofobia sigue aleteando en las mentes de ciertos ideólogos y políticos extremistas, radicales y autoritarios, que se sirven de las palabras como resortes para seducir y movilizar a las masas. No les importa, como señalaba Hannah Arendt en Verdad y mentira en la política, que para encajar la realidad en sus falacias “su propaganda se caracterice por su extremado desprecio por los hechos”.

F. Javier Blázquez Ruiz. Catedrático de Filosofía del Derecho. UPNA.

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