Opinión
"Perdí a mi padre en un accidente ferroviario y puedo evocar bien el vacío que ella sentirá en cada Día del Padre venidero, en cada Navidad y cumpleaños"
De entre todas las tragedias del desastre de Adamuz, la de la familia Zamorano Álvarez es la que más me remueve por dentro


Actualizado el 22/01/2026 a las 16:52
Llevo tres días con una imagen que no consigo quitarme de la cabeza. Bueno, dos. La primera es la de una niña deambulando sola entre un amasijo de hierros. Con una oscuridad inclemente y un frío que se cuela muy adentro de los huesos. En la segunda escena también sale la misma pequeña, a la que no quiero poner rostro ni nombre. Está sentada en una camilla de hospital, desorientada, esperando a que entren por la puerta sus padres, su hermanito mayor y su primo. Sólo que ella aún no sabe que ya nunca lo harán. Porque de entre todas las tragedias del desastre ferroviario de Adamuz, la de la familia Zamorano Álvarez es la que más me remueve por dentro.
Con ellos, el horror ha alcanzado cotas insufribles por lo aleatorio del zarpazo de la muerte. Cuatro proyectos truncados y uno que, forzosamente, ha de reiniciarse. Por ello, como personas, quizá lo único que nos quede sea empatizar con los supervivientes y con las víctimas, ponernos en sus zapatos y tratar de ser un poquito mejores cada día como homenaje a los que ya no están.
En mi caso es algo más sencillo. Esa niña tiene una edad similar a la de mi enano. Puedo imaginar su expresión, sus palabras, su intento de racionalizar lo sucedido, con la voz de mi hijo. También yo, con esos mismos años, perdí a mi padre en un accidente ferroviario. En su caso, laboral. Y puedo evocar bien el vacío que ella sentirá en cada Día del Padre venidero, en cada Navidad y cumpleaños, en cualquier celebración familiar que le recordará, cruelmente, que ella es diferente a los demás. Y sí, de todo ello saldrá, es cierto, pero con cicatrices invisibles que zurcen el alma.
Oía el otro día a un conocido locutor explicar que cuando uno sube a un tren da por hecho que llegará a su destino. Que forma parte de los planes que, como seres humanos, trazamos a todas horas. Para la cena de la noche, el vermú del fin de semana, la escapada de Semana Santa... y no. Olvidamos que no somos dueños de nuestro destino y que el azar, a veces perro, tiene sus propias reglas. Así que disfruten de cada momento. Podría ser el último.