Opinión

"El nieto acusa al abuelo igual que el cliente al tendero o el ciudadano común al funcionario"

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Jose María Romera

Actualizado el 17/01/2026 a las 11:28

Era un incómodo ruidillo ambiental, una controversia soterrada que no acababa de cuajar pero que se manifestaba con insistencia en reportajes de prensa y tertulias televisivas, que asomaba en conversaciones familiares y en discusiones de bar, siempre a media voz, sin llegar a una formulación precisa. Ahora un libro ha puesto la cuestión sobre la mesa a la luz del día y con palabras inequívocas. Se titula ‘La vida cañón’, como la canción de Alcalá Norte. Su autora, Analía Plaza, ha concentrado en esas tres palabras lo que muchos jóvenes piensan de la gente mayor en nuestro país: que percibe pensiones envidiables, se aprovecha de los mejores servicios, disfruta de viajes, ayudas y subsidios públicos ilimitados, en fin, que se pega la vida padre. 

Entretanto, sus hijos no levantan cabeza asediados por trabajos precarios, alquileres a precios prohibitivos y titulaciones obtenidas a base de esfuerzo pero a menudo inservibles. Aunque se le dibuje algo caricaturizado, es un panorama que no se alejaría mucho de la realidad si no llevara aparejada la culpabilización del ‘boomer’. 

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Se conoce que a esos males que castigan a las generaciones jóvenes hay que añadir los problemas de vista que los llevan a confundir el objetivo y errar el tiro. No es un caso aislado. Hasta no hace mucho, los individuos y grupos sociales aquejados de alguna clase de carencia identificaban al causante de sus penurias mirando hacia arriba. Ahora la tendencia empieza a ser mirar alrededor. 

La denuncia reivindicativa de orden vertical ha sido reemplazada por las válvulas de escape de un resentimiento horizontal. El nieto acusa al abuelo igual que el cliente al tendero o el ciudadano común al funcionario. Los pacientes cargan contra los médicos y a la inversa, los padres se enfrentan a los profesores, los autónomos a los empleados fijos, y nada digamos de los nuevos campos de batalla donde litigan a cara de perro las identidades por razón de sexo, cultura, origen territorial o rivalidad deportiva. 

Entretanto, aumentan sin freno las brechas verdaderas, las que separan a débiles de poderosos y a víctimas de verdugos. Es tan grande la distancia que solo queda el desahogo de cargar contra el cercano, ese que siempre vive una vida cañón.

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