Opinión
El absurdo de la "derecha" y de la "izquierda"

Actualizado el 13/01/2026 a las 10:29
Reencontré, un buen día, en un popular restaurante a un viejo compañero de fatigas del tiempo de la Transición, quien, después de resumirme su vida más actual, me dijo, todo solemne:
-Yo soy de izquierdas.
Cuando le dije, socarrón:
-Igual que Stalin, o Mao, o… (y aquí le añadí el nombre de un conocido y rico político del PSOE), él me contestó indignado:
-¡Esos no son de izquierdas!
Algo parecido me hubiera contestado alguien que se me llamara “de derechas”, y yo le hubiera comentado, irónico: como Hitler, o Mussolini, y le hubiera añadido algún conocido político del PP, ateo o partidario del derecho al aborto:
-¡Esos no son de derechas!
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En algo tendrían razón los dos: en negar que los dictadores, y más los dictadores sanguinarios, sean de derechas o de izquierdas, porque esos son solo “ultras”, es decir, más allá de la democracia. Los partidos llamados de extrema derecha o extrema izquierda no son “ultras”, pero sí cualquier partido que cobije o defienda un movimiento terrorista.
El ejemplo nos índica hasta qué punto la denominación tradicional de “derecha” e “izquierda” es imprecisa, injusta, absurda y hasta ridícula. Nacida probablemente de la posición de los grupos con respecto a la mesa presidencial de la Asamblea Revolucionaria de Francia, ha llegado a ser política y socialmente la división principal en la sociedad, una especie de marca de fuego metafísica y moral para toda la vida, para llegar a significar una especie de binomio general: progreso-retroceso, justicia-injusticia, y hasta bien-mal, según lo piensen, lo digan o lo escriban unos y otros. A veces se ha equiparado a la llamada derecha con la libertad y a la llamada izquierda con la justicia; a esta con el progreso y a aquella con el orden, etc...
Lo cual, con la historia en la mano, y repasando los que pasan por derechistas o izquierdistas, da ganas de reír. Que unos y otros, en ciertos momentos y en ciertas situaciones, sean más o menos audaces, críticos, rebeldes, conservadores, innovadores… es una cosa. Pero clasificar a una persona de manera total y de por vida con un calificativo moral decisivo, es más propio del dualismo radical maniqueo persa (siglo III d.C.), que dividía el mundo entre dos principios eternos: la Luz (el Bien) contra las Tinieblas (el Mal), en lucha binaria constante entre lo bueno y lo malo.
Tan caduca y perimida es la vieja clasificación, que muchos antiguos izquierdistas se llaman ya “progresistas”, y muchos derechistas prefieren llamarse “liberales”, aunque muchas veces con la misma extremosidad binaria que antes, por lo que poco han avanzado aún.Puestos a dividir fuertemente a los ciudadanos, más práctico y real sería en calificarlos como demócratas o antidemócratas, constitucionalistas o anticonstitucionalistas, etc., en cada momento y en su justa proporción. A nadie se le ocurriría dividir frontal y moralmente, sin más, a los hombres en feos y guapos, tontos y listos, altos y bajos… Afortunadamente, los mortales nos diferenciamos en muchas cosas, con muchos grados, matices, tonos, tintas y carices. Y nos parecemos así también, lo admitamos o no. No estaría mal que, muy por encima de la arcaica división entre derecha e izquierda, confusa confundidora, y a todos los efectos políticos y sociales, nos fijáramos más en la división actual entre unas y otras generaciones, con la correspondiente variedad de valores, gestos, hábitos y actitudes de vario género, cada día más visible y notoria. O en la distancia entre los habitantes de grandes ciudades, casi todas en la periferia, y zonas enteras de la España vacía y vaciada, con las enormes diferencias de posibilidades de todo tipo, comenzando por la renta per cápita, mucho mayores que la tradicional división entre la ciudad y el campo.
¿Para qué hablar de las diferencias, en ciudades o no, entre las personas precarias y las estables, en razón del trabajo, del salario y la vivienda…? Cuánta mayor diferencia que entre “derechas” e “izquierdas”, que a veces no se distinguen en mucho más que en el voto que depositan cada cuatro años… Y así podríamos seguir en el terreno de los hechos, y no en el de la propaganda, la retórica o el reconcomio, por ejemplo hablando de la “brecha digital”, entre quienes poseen el dominio inmenso del maravilloso mundo digital y los que todavía viven en el mundo del teléfono o de la máquina de escribir.
El mundo de las ideologías es muy amplio. El de las verdaderas diferencias sociales, culturales y morales también. Se engañan y engañan todos los que, por ignorancia o interés, pretenden dividir el mundo, y su propia mente, en dos, como los últimos maniqueos o cátaros que quedan entre nosotros. La denominación, en sentido político moral entre derecha e izquierda es hoy absurda y hasta ridícula.
Víctor Manuel Arbeloa. Escritor