Opinión
Una Venezuela en pausa: la incertidumbre tras la intervención


Actualizado el 11/01/2026 a las 19:43
La palabra que describe las primeras horas tras el secuestro de Maduro por parte de los Estados Unidos es “incertidumbre”. El día 3 de enero de 2026 nos encontramos con una dicotomía entre el interior y el exterior: mientras que la diáspora venezolana salía a las calles, aquellos que se encontraban en el país no tenían claro cómo debían proceder. El ruido externo contrastaba con el silencio que reinaba en Venezuela. Resulta comprensible que un sentimiento agridulce se apoderase de los venezolanos y venezolanas, pues manifestar alegría por la caída del dictador es compatible con mostrarse crítico con el procedimiento empleado para su consecución, especialmente en un país que conoce bien las consecuencias de la injerencia estadounidense en América Latina.
La operación “Resolución Absoluta” fue quirúrgica, la precisión en la ejecución parece evidenciar una ayuda desde dentro del propio régimen, y no solo proveniente de agentes encubiertos de la CIA. Las declaraciones de Trump han dejado muy claro que los Estados Unidos no abandonarán Venezuela hasta dictaminar que la transición democrática sea segura. Si bien es cierto que una transición es difícil de concebir sin un acompañamiento, que Delcy Rodríguez haya sido la interlocutora escogida, evidencia que el establecer un régimen democrático en Venezuela no es la prioridad para Estados Unidos. La actuación de la administración Trump se erige en torno a dos ejes: uno económico y otro geopolítico. Dicho de otra manera: reanudar la extracción de petróleo en el país que cuenta con las mayores reservas mundiales de crudo y desplazar a la China de Xi Jinping de la región.
Si Trump tuviese la voluntad de instaurar la democracia en Venezuela quizás no habría relegado a un segundo plano a María Corina Machado y Edmundo González, quienes movilizaron a la población venezolana y legitimaron – a ojos de muchos – la intervención estadounidense. Resulta además muy conveniente que la líder de la oposición se encuentre en estos momentos fuera del país, tras haberse desplazado a Oslo para recoger el Nobel de la Paz. El 'soft power' de Machado se ve doblegado –a juicio de Estados Unidos– ante una Delcy que dispone del control de los recursos, tanto de las Fuerzas Armadas como de los servicios de inteligencia.
El plan paternalista de Trump es toda una declaración de intenciones para sus homólogos de la región. Si bien la Argentina de Javier Milei y el Ecuador de Daniel Noboa han celebrado su actuación, la Colombia de Gustavo Petro y el México de Claudia Sheinbaum son muy conscientes de los efectos miméticos que esta podría generar. Además, que Marcos Rubio –de ascendencia cubana– haya sido escogido como “jefe de misión” no es casualidad, el próximo paso de la administración Trump 2.0 es acabar con los resquicios del Triángulo Norte: Cuba y Nicaragua.
Si algo es claro es que lo ocurrido el pasado sábado en Venezuela debería de ser un ultimátum para la Unión Europea: la necesidad de una posición de carácter férreo y conjunto es urgente. El comunicado conjunto emitido por la Comisión Europea pone de relieve las contradicciones existentes entre los Estados miembros. Aún así, las contundentes declaraciones de actores políticos situados en extremos ideológicos opuestos –como Marine Le Pen, líder de la extrema derecha francesa, o los gobiernos español y noruego– reflejan un cambio de tendencia. Este giro sugiere la posibilidad de articular una posición europea crítica y convergente en torno a la crisis venezolana, capaz de trascender las divisiones partidistas y dar primacía a los valores europeos. En este contexto, la voluntad expresa del presidente estadounidense de anexionar Groenlandia –territorio bajo soberanía danesa– debería de haber hecho sonar ya todas las alarmas en Bruselas.
La reciente cumbre UE-CELAC celebrada el pasado noviembre en Santa Marta, ya evidenció que, ahora más que nunca, es menester construir un puente sobre el Atlántico. Aunar fuerzas entre la Unión Europea y América Latina es clave en aras de alcanzar una autonomía estratégica y lograr una independencia real. Ambas regiones comparten no solo relaciones económicas y comerciales, sino también un sistema de valores y un profundo respeto por el Derecho Internacional, así como unos lazos históricos y sociales sólidos sobre los que fundamentar la acción conjunta.
Observamos cómo la información se actualiza a cada minuto y cómo emergen nuevos datos en relación con la operación “Resolución Absoluta”, se trata de una situación compleja que involucra a una multiplicidad de actores. Aún así, más allá de nuestros análisis –realizados desde una óptica privilegiada– debemos tener presente la polifonía de voces latinoamericanas, concediendo especial importancia a las venezolanas, y evitando que nuestro discurso redunde en el paternalismo.
Como todos aquellos que tenemos familiares o amistades afectadas por la coyuntura actual, anhelo profundamente que la transición democrática sea una realidad. No obstante, considero esencial que dicho proceso se geste desde el interior del país, y me resulta difícil prever este escenario dadas las decisiones tomadas por Washington hasta la fecha.
Ahora es necesario prestar atención, especialmente a los posicionamientos del resto de países que conforman la sociedad internacional. Está en manos de esta última hacer valer los compromisos jurídicamente vinculantes de la Carta de las Naciones Unidas. No hay espacio para la neutralidad complaciente ni para posicionamientos vagos: la respuesta colectiva es urgente.
Maria Villaverde Temes es socia de Equipo Europa y analista del Foro por el Futuro de la UE en las relaciones UE-Latam