Opinión

"Hemos crecido y nos hemos empapado tanto de irrealidad que solo reconocemos como real aquello que reproduce los códigos de la ficción"

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José María Romera

Publicado el 10/01/2026 a las 05:00

De niños salíamos del cine preguntando a los mayores si aquello que acabábamos de ver en la pantalla había ocurrido en la realidad. Era una manera de afirmar la subordinación del arte a la vida para mantener los pies sobre el suelo y no dejarse engatusar por las ficciones. Primero lo real, y después su representación cinematográfica. Luego llegaron los atracones de largometrajes y de series. Fueron deconstruyendo nuestra mirada hasta impedirnos ver con claridad la divisoria entre lo vivido y lo soñado. Pero siempre había un alma caritativa que nos sacaba del aturdimiento con la frase definitiva: “Tú has visto muchas películas”. Y todo volvía a su ser. 

Ahora, en cambio, hemos crecido y nos hemos empapado tanto de irrealidad que solo reconocemos como real aquello que reproduce los códigos de la ficción. No es que a nuestro alrededor estén pasando cosas raras; es que vivimos en el vientre de la rareza. Se diría que la ficción es el modelo a partir del cual se construye la realidad, y más aún: que la aspiración de una gran mayoría es hacer de sus vidas y de ellos mismos una imitación lo más fiel posible de lo visto en las pantallas. Una cuadrilla de matones gobernando el mundo al dictado de la ley del más fuerte, como en un engendro bélico de serie B. 

El primero de ellos, un logrado producto de videojuego, vanagloriándose de optar al Nobel de la Paz mientras respalda genocidios, ordena bombardeos y contribuye al desmantelamiento del derecho internacional. Generaciones enteras de jóvenes volcadas en crearse avatares mediante la inteligencia artificial, fingiendo vidas de película según los consejos de unos extraños gurús llamados influencers. Niños y adultos de toda condición rindiendo a sus móviles una pleitesía que parece extraída de cualquier guion distópico. Y la política convertida en una continua performance virtual en busca de la viralidad y no orientada a la deliberación y al bien común. Son cosas que antes habríamos considerado inverosímiles y que ahora admitimos con toda naturalidad, integradas en nuestra idea de lo normal, consumidas y olvidadas con la misma rapidez con la que pasan escenas y episodios en el cine. En estos días de propósitos para el nuevo año, vaya el deseo de que en medio del desconcierto podamos conservar al menos la capacidad de asombro, si es que aún no la hemos perdido del todo.

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