Opinión
"Desde que pensamos a través del móvil hemos perdido la capacidad de distinguir entre situaciones extraordinarias"
"No debería extrañarnos que esta colonización de la mirada haya alcanzado también a quienes vivieron la tragedia de los Alpes suizos"

Actualizado el 03/01/2026 a las 11:58
Con las cenizas del bar La Constellation de Crans-Montana aún calientes, corren distintas versiones sobre el origen del incendio, pero todas coinciden en señalar que la primera reacción a las llamas de varios asistentes a la fiesta fue empuñar el móvil y ponerse a hacer fotos y vídeos. Hemos podido ver algunas de esas imágenes. Muchas otras se han perdido para siempre junto con quienes las grabaron, porque el fuego devoró el local en un visto y no visto. A lo irónico de morir en masa en una celebración de principio de año se une esta vez la banalidad siniestra de verlo grabado como si fuera una ronda de copas o un divertido baile de la conga en cuadrilla. Pero la mano humana lleva años entrenándose en este gesto y ha desarrollado un automatismo que se pone en marcha de igual modo en el selfi con un personaje famoso que en la conquista de una cumbre, la visita al zoológico o la visión de un accidente de tráfico.
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Desde que pensamos a través del móvil hemos perdido la capacidad de distinguir entre situaciones extraordinarias. Hacer la foto es prácticamente un deber. Grabar el vídeo para llevarlo a las redes sociales es preferible a vivir la experiencia de manera directa. Lo vivido no termina de existir plenamente hasta que no queda registrado, y es la cámara del smartphone la que decide el momento y el objeto, el enfoque y la duración. No debería extrañarnos que esta colonización de la mirada haya alcanzado también a quienes vivieron la tragedia de los Alpes suizos. Su reacción lo dice todo sobre el poder que ha alcanzado la tecnología en la regulación de nuestras conductas. En situaciones de peligro extremo, el mandato atávico de la especie dictaba hasta ahora dos clases básicas de respuesta activa: poner pies en polvorosa, propia del instinto de supervivencia, o ir en auxilio de la gente, propia del impulso solidario. Hemos añadido una tercera: apuntar con la cámara del móvil, no se sabe si para jugar a los reporteros de guerra o para reafirmar el papel de espectadores pasivos de la vida -y la muerte- que nos ha adjudicado el confort tecnológico. El resultado es una nueva vulnerabilidad antes desconocida que quizá haya que asumir como una marca más de la época. Son tiempos asombrosos, no cabe duda.