Opinión
"Para este 2026 mis intenciones son sencillas, propias de alguien que se conforma con poco"
"Echar una carrera en la Cuesta, si es con un toro abriendo manada, mejor; que se me caiga la lagrimica con mis amigos en Zapatería el siete de julio cuando pase el Santo y suene Jerusalén en esa Pamplonesa meciéndose en el aire limpio de la mañana"

Actualizado el 01/01/2026 a las 01:20
Así que ha llegado, como por sorpresa de nuevo, el momento de escribir la lista de deseos para este nuevo año. Conforme uno avanza en la vida, la lista cada vez es más corta, pues uno ya sabe que los deseos se van incumpliendo y que con estar, a veces, es suficiente. Para este 2026 mis intenciones son sencillas, propias de alguien que se conforma con poco. Me gustaría ir andando a Santiago, a Roma, a Jerusalén, con las sandalias que me compré iguales a las del cura, murmurando mis oraciones con un rosario y mi perro blanco moteado, que se llama Alai.
Me gustaría volver a montar a caballo, pues la vida va de subirse de nuevo, y Juan Belmonte dejó dicho que el día en que no se pudiera subirse a un caballo, se volaba la tapa de los sesos. Y cumplió. El caballo como trasunto de la ola, de la conquista de la naturaleza. Ah, quizás subir algún monte con Elena, escuchándonos las respiraciones. Apuntarme a clases de guitarra, afilar el hacha Jauregi de Urretxu que me compré, pues cualquier hombre que se precie necesita un buen hacha. Comprarme un buen paraguas, llevar a mis hijos a sitios, hacer una hoguera sin que se me aparezca Greta con un extintor a apagarla porque emite demasiado CO2, cocinar al fuego de leña más veces, poner de moda la bota de Las Tres ZZZ.
Comer animales, incluso algunos animales que haya cazado yo mismo. Echar una carrera en la Cuesta, si es con un toro abriendo manada, mejor; que se me caiga la lagrimica con mis amigos en Zapatería el siete de julio cuando pase el Santo y suene Jerusalén en esa Pamplonesa meciéndose en el aire limpio de la mañana. Cargar aún con mi hijo pequeño a hombros, coger media docena de olas, pescar un buen pez. Aprender a jugar al mus de una vez por todas en alguna caseta de palomeras, ir en la moto a Taramundi con Borja a comprar una navaja, arreglar la lápida de la tumba de mis abuelos y volver.
Que no se mueran mis amigos ni mi madre. Dejar de mirar las vías del tren. Dejar de enfadarme, de echar la bronca a mis hijos porque salen de casa poco abrigados y confiar en Dios, pasar más de algunas cosas y menos de otras, saberme querido, leer en el silencio calmado. Quizás poder votar sería pedir demasiado.