Opinión
"Ahí, de pie, su alteza parecía una columna más de la sala. Debo decir que me gustó su llamamiento a la reconciliación, a evitar “muros”

Publicado el 28/12/2025 a las 05:00
Una de las pruebas fehacientes de que te estás haciendo mayor es tu actitud ante el discurso del rey. No hace tanto, nos daba la risa, menos por lo que decía o dejaba de decir como por la actitud de los mayores ante el monarca que, con una copa de champán en la mano, imponían respeto. Pero los silencios obligatorios son abono para la risa floja. Ahora el que chista eres tú, subes el volumen de la tele y mides cada frase del discurso como si fuera palara revelada.
Ahí, de pie, su alteza parecía una columna más de la sala. Debo decir que me gustó su llamamiento a la reconciliación, a evitar “muros” (utilizó un símil), y cuando esperaba que dijera algo de la corrupción se deslizó como un Fred Astaire de la semántica, con un ingrávido paso de claqué y puntos suspensivos. En realidad, fue una reivindicación de la Transición. Para muchos, él es el dique de contención, el único en realidad, frente al empeño de que terminemos peleándonos por un quítame allá ese langostino.
En tanto, vamos pasando de puntillas por unas fiestas y sin querer ya pisamos el Día de los Inocentes, unos inocentes muy cabreados porque hay quien nombra a la Navidad, fiestas. Sinceramente, me da igual. Si no quieres escaldar una langosta, no lo hagas; si prefieres comértela a la Thermidor, me encojo de hombros. La cuestión no es que escaldes una langosta o la partas por la mitad y la ases a la brasa. La cuestión principal es que en un país con un 30% de pobreza infantil, a mí me daría cosica. Pero allá cada cual.
Estamos tan atacados de los nervios que hay quien trata de imponer cómo celebrar estos días. Pues bien, que cada cual lo haga a su manera. Pero sin empujar. Da un poco de vergüenza tener que escribir obviedades, pero así como el rey reivindicó el espíritu conciliador, este no se entiende sin respeto a la libertad del otro, coman cardo, caracoles o gato escaldado. Y ya que estamos, recomiendo un libro divertidísimo del escritor más triste del mundo, David Foster Wallace. Se titula “Hablemos de langostas”, un reportaje genial sobre el Festival de la Langosta que se celebra todos los años en Maine. Ríanse un rato.