Opinión

Cuando la razón se volvió clandestina

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Roberto Cabezas

Publicado el 26/12/2025 a las 05:00

Desde hace años nos venimos juntando con un grupo pequeño de amigos a tomar café y a charlar tranquilamente, el mismo día, a la misma hora, en la misma y consabida esquina. Uno de los contertulios se autocalificó como “extremista de centro”. Interesante calificativo. Este hombre viene de vuelta de las viejas euforias, desmadres, borracheras ideológicas que nos han llevado al fracaso y al sufrimiento. Pero hoy son otros extremismos los que generan épica, no el de centro.

Es un hecho de la causa que alimenta la reflexión. El último café estuvo particularmente escorado al descorazonamiento, casi al desconsuelo. La moderación, la voluntad de lograr y articular acuerdos, la prudencia parece no prender entre los parroquianos del café ni tampoco entre la sociedad. Aquí en España y en muchas partes del mundo.

Lo sensato no entusiasma, aburre, no apasiona. Produce bostezos y no ovaciones ni portadas de periódicos. Como la razón, están en retirada en nuestro tiempo tan locos e inestables. Los argumentos racionales no convencen, lo que prima es lo impulsivo, lo irracional, las emociones, lo tribal, lo sin sentido. Incluso el propio sentido común brilla por su ausencia.

Ahora los extremos se disfrazan de cordialidad y de mesura. Van por la vida de majos, pero en el fondo son los mismos pluscuamperfectos, los que hacen ostentación de su perfección. Porque su ego desfigura cualquier perfección. Esa perfección que se desvanece cada vez que nos recuerdan que son perfectos con esa actitud supremacista cada vez que alguien comete un pequeño error. El liderazgo, como la vida misma, es imperfecto. La empresa no es la gestión de la perfección, al contrario, casi siempre es la gestión de la imperfección. Y ellos no están dispuestos a ceder, ni negociar, ni conversar ni acordar nada, aunque ese esfuerzo sea por el bien de España.

Las redes sociales, además, expulsan a la moderación de ellas como un virus indeseado; ellas tienen que alimentarse de las declaraciones rimbombantes, de las declaraciones de odio, de la simplificación, la caricatura, incluso la mentira. Las ideologías (grandes abstracciones que tanto daño han hecho a la humanidad) ofrecen una nueva fe, que llena el vacío que han dejado las religiones. Ahí se refugian los jóvenes idealistas y tantos otros, no sabiendo que están buscando refugio en edificios que pronto estarán en ruinas.

¿Qué pasa con los políticos moderados de España que no logran construir un relato convocante que sea capaz de enfrentar la tentación de lo imposible que se aloja en el corazón de toda postura extrema? Los moderados estamos huérfanos y casi debemos callar nuestra condición de tales, porque los que vociferan más están ahí, preparados para denostarnos, cancelarnos o silenciarnos. Sentimos casi vergüenza de ser “moderados”. La moderación es ahora casi cobardía. Cuando, en verdad, para serlo, hay que tener mucha valentía, mucho valor y determinación. ¡Qué más coraje que el cruzar a la otra acera para ir a encontrarse con el adversario! Por esa distorsión alimentada de sofismas y cantos de sirena, estamos aquí, en este punto dramático de inflexión.

Cuantas veces hemos visto en la historia a males menores convertirse después en monstruos mayores. No quiero resignarme a escoger el “mal menor”, me rebelo a quedar condenado a esa deplorable disyuntiva. Mientras el país sigue estancado, agobiado por la degeneración ética, por los escándalos y la decadencia moral, por la corrupción que hace metástasis a toda máquina, por el miedo, resignado a las ofertas de una clase política, en general, mediocre, sin visión, oportunista, esclava de las encuestas, de Twitter, de la deshonestidad y de sus propias tribus.

Entiendo y comparto el descorazonamiento generalizado y no sé qué decir ni aconsejar. Los países a veces se acercan al abismo sin tomar conciencia de ello. Van como rebaño, embebidos en las redes sociales, hechizados por ellas y se caen al precipicio por no mirar a tiempo la realidad que tienen ante sus ojos. Así han comenzado las dictaduras y autocracias en el mundo: cuando la moderación no tiene rostro, ni voz, ni temple, ni menos coraje o energía para ir a enfrentar a los extremos, extremos disfrazados o travestidos, pero extremos al fin de cuentas.

Es una locura que se vuelve imparable y así los países se incendian o se hunden. ¿Qué hacer?, me pregunto. No hay respuestas fáciles, sobre todo porque los moderados rehuimos de las respuestas fáciles y de las verdades con mayúscula. Debemos estar en alerta. Y preparar, tal vez, una forma de resistencia. El cambio no se empieza con trompetas, se empieza con buenas preguntas, porque he visto pasar demasiados prestidigitadores del cambio. Solamente empezamos a cambiar las cosas cuando el cambio lo hacemos propio, lo encarnamos y movemos resortes de cambios en nuestros mundos personales. No perder el compás de un mundo que es complejo e incierto, pero que no para de transformarse. Ser agentes de cambio con sentido, sin tanto ruido, sin pirotecnia, sin aspavientos. Sembrando, iluminando. Ganando adeptos con la ejemplaridad. Haciendo crecer a las personas, tatuándonos que la mejor estrategia son las personas. Una apuesta por un cambio menos estridente, pero no menos efectivo.

Roberto Cabezas Ríos, HR Influencers in Spain 2025, Expert in Higher Education Management, Universidad de Navarra.

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