Opinión

"Hubo una vez una monja, sor Florencia, de las Salesas de Pamplona, que recibía al repartidor de pan en el quicio de la puerta"

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Jose Murugarren

Actualizado el 23/12/2025 a las 11:04

Hubo una vez una monja, sor Florencia, de las Salesas de Pamplona, que recibía al repartidor de pan en el quicio de la puerta. Cada mañana en aquellos inviernos de vacaciones en la universidad el joven detenía la furgoneta, tocaba en el portón de San Francisco 5 y esperaba. Por lo temprano de la hora la calle estaba casi vacía. Podía escuchar a la monja caminando por un pasillo que imaginaba largo. Seguía un rumor de pasos más cercanos contra el suelo y el ruido de la celosía desde la que sor Florencia comprobaba sin ser vista que quien estaba ahí fuera era el panadero. Entonces entreabría un resquicio de la puerta, daba los buenos días y el panadero ocasional, estudiante de periodismo el resto del año, respondía cordial. Aquella clausura azuzaba la curiosidad del panadero.

- ¿Cuántos panes quiere?, preguntaba.

La monja observaba desde la rendija, solicitaba pan blanco e integral un día, añadía un cabezón de pueblo o una ‘baguette’ de pan de galleta o de horno de leña otro, atendiendo seguramente los gustos de la comunidad. Estaba persuadido de que cuanto mayor fuera el encargo más posibilidades tendría de meter la carga y contemplar el interior. Cada día aproximaba el cesto con la esperanza de que la monja, hoy sí, abriera la puerta y él podría disfrutar un instante de los techos policromados, las imágenes de santos o las vidrieras que en aquel lugar y según los libros jugaban con la luz creando una atmósfera especial. La belleza imaginada lo impulsaba. Sentía una enorme curiosidad.

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- ¿Quiere que le ayude a meter el cesto?, se ofrecía.

- No, gracias. Déjelo en el suelo.

- Pesa mucho, insistía el panadero. ¿Le ayudo?

- Me basta con la ayuda del Señor, replicaba la monja congelando las expectativas.

Visité el lugar hace unos días invitado a un encuentro poético. El resultado es un hermoso espacio en la antigua iglesia del convento: salón Pinaquy, en recuerdo del industrial que restableció el suministro de agua a Pamplona. Si de mi dependiera se llamaría Salón sor Florencia, puro homenaje al nombre que el panadero inventó para la guardiana de los secretos de un convento que imaginó bello como la ciudad italiana.

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