"Vi un pizarrín donde ponía que el día anterior habían pasado 19.000 palomas. El día que estuve yo, ninguna"

Actualizado el 17/11/2025 a las 08:23
Parece que en este declinante otoño apenas ha habido setas, por la falta de lluvias y tampoco ha pasado la paloma. El cazador, que es un tipo sufrido y ya una rara avis, se queja cada año. No pasan palomas, van por el mar, no es lo de antes. Nada es lo de antes.
Yo subí hasta palomeras de Etxalar desde la carretera de Sara, por una senda que va por la ladera, entre robles y castaños que ahora se desprenden de sus hojas, todavía entre rojos y naranjas y rodea a Ibantelli, un monte del que en tiempos se sacaba carbón, antracita, y cuando llegué al collado donde hay una venta y un puesto de observación, vi un pizarrín donde ponía que el día anterior habían pasado 19.000 palomas. El día que estuve yo, ninguna. Siempre es mejor lo de antes, claro.
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El día era de viento sur, con una luz dorada que lo envolvía todo -como la víspera, por cierto, no se sabe porqué las aves eligen el día- y el cielo estaba nimbado por una niebla muy sutil que difuminaba el paisaje, como si las cosas se vieran entre el humo de un disparo. Esta luz apagada permite ver mejor los detalles, sin quedar deslumbrados por el sol que lo iguala todo. El matiz siempre viene de lo velado, de lo que no es blanco ni negro, de las sombras que dan relieve y profundidad. Eso vale para casi todo.
No pasaban palomas el día del paseo. Un cazador que almorzaba con la escopeta a los pies me lo corroboró. Nada, me dijo sosteniendo un vaso en el que untaba un currusco, no pasa ni una. En la mesa de al lado sacaban la baraja. Recordé un hombre que encontré hace poco ojeando el paisaje con prismáticos. Era mayor y le faltaba una pierna, y había llegado bien arriba de una pista de monte en una de esas motos eléctricas. Nada, no pasa nada, ni un pajarillo, se lamentó.
Imaginé que había vivido momentos de esplendor, tiempos de una naturaleza pródiga y que la echaba en falta más que a la pierna. La falta de pájaros es algo muy inquietante, no anuncia nada bueno. Aun estuve un rato sentado junto a la venta, reponiendo fuerzas, mirando el panorama sobre el que el otoño parecía oficiar su agonía.