El emperador y el niño malo
"Los comentarios despectivos de Trump a Sánchez constituyen una nueva regañina que tiene un efecto muy perjudicial para la imagen de España"

Publicado el 17/10/2025 a las 05:00
Hay que frotarse varias veces los ojos para asimilar si lo vivido en los últimos días con el acuerdo de paz entre Israel y Hamás constituye efectivamente un verdadero acuerdo de paz o un simple espejismo. La grandilocuencia de Donald Trump es tal que cuesta creer que estamos ante una “nueva edad dorada en Oriente Medio”. Ojalá, por supuesto, sea así y el mundo tenga que rendirse a las dotes de persuasión y de fuerza de las que hace gala un Trump gozoso de verse correspondido con el aplauso y el halago exagerado de los asistentes a la firma del acuerdo de paz. Porque hay que ser conscientes de que en un enfrentamiento tan enconado cualquier brizna puede prender de nuevo la barbarie y poner patas arriba la esperanza de resolver un conflicto tan enrevesado. La tarea es a todas luces muy complicada. Al mismo tiempo que se ponen las bases de la reconstrucción de Gaza y la reubicación transitoria de dos millones de gazatíes, hay que confirmar el desarme de Hamás y desplegar una fuerza multinacional de seguridad para cubrir el vacío de poder mientras se va forjando un gobierno provisional.
La primera fase se está cumpliendo a rajatabla: la retirada de los soldados israelíes de una parte de Gaza y la liberación por Hamas de los rehenes y la entrega de los cadáveres de los muertos durante el cautiverio. De lo visto hasta ahora destaca el éxito rotundo de Trump que en su intervención en el parlamento israelí y durante la firma del acuerdo de paz en la ciudad egipcia de Sharm El Sheik se ha comportado con toda la pomposidad de un emperador romano. Y frente al momento de gloria de Trump destaca la decepción de la Unión Europea que muestra nuevamente su escasa influencia internacional al ser marginada del proceso de paz liderado por Qatar, Egipto y Turquía además de Estados Unidos e Israel. Enorme chasco también en los partidos de la izquierda española al quedar ahora desubicados tras apostar por una larga movilización contra Israel porque estiman puede servirles de acicate para motivar a sus bases ante eventuales citas electorales en 2026. Y qué decir del presidente Pedro Sánchez que se mostró incómodo y descolocado tanto en su saludo protocolario a Trump como durante los discursos del acto de firma del acuerdo de paz.
Me pregunto si Pedro Sánchez habrá dudado en su viaje de regreso si vale la pena contentar tanto a sus socios parlamentarios (Sumar, Podemos, ERC) cuando España y él mismo debieran desempeñar un mayor liderazgo europeo con posiciones menos intempestivas. Me refiero a su obcecación por jactarse de que España no incrementará el gasto de defensa hasta el 5%, aunque lo firmase en la última reunión de la OTAN en La Haya. Resulta evidente que muy pocos países van a cumplir ese objetivo, pero una cosa es firmarlo y rechazarlo al llegar a España para satisfacer a sus socios y otra es haber dejado correr el agua a la espera de la evolución de la economía española y europea.
O el sinsentido de la aprobación en el Congreso, un día después del segundo aniversario de la masacre de Hamás, de un texto de embargo a Israel, mientras los sindicatos españoles han seguido con la convocatoria de una huelga general cuando la partitura del escenario internacional ha cambiado radicalmente. Los comentarios despectivos de Trump a Sánchez constituyen, además, una nueva regañina al niño malo europeo que tienen un efecto muy perjudicial para la imagen de España. Es lamentable porque ello debilita nuestro posicionamiento de liderazgo en el mundo en un momento fundamental de grandes transformaciones tecnológicas y de cambio en los equilibrios de poder. Corremos el riesgo de quedar relegados al papel de mera comparsa cuando la dimensión económica española y su legado histórico bien se merecen algo mucho más consistente.
Emilio Sánchez es periodista.