"Hacía días que quería atrapar los primeros tonos rojizos del otoño, el decaer de la luz, los aromas, el sonido del viento, el árbol que ve todos sus despojos en tierra"

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Pedro Charro

Actualizado el 12/10/2025 a las 23:20

Ya está aquí el otoño, me decía, date prisa, se va a escapar. Últimamente todo va muy rápido. El verano, no me dirán, se fue en un suspiro. Así que al final fui a su encuentro. Es un día limpio, azul, transparente. Atravieso por debajo la autovía -como si entrara en otra dimensión- y subo por la pista hasta unos prados. Todavía el sol no ha llegado aquí, y la humedad de la noche se evapora formando nubes de vapor, como fuegos fatuos. 

En el prado cercano, donde el sol ya es el dueño, los caballos parecen de plantón. Todo alrededor brilla, el paisaje es verde, amarillo, malva, y los colores son rotundos, con perfiles claros, lo contrario de este mundo donde donde nada es blanco ni negro, sino gris y con lunares, salvo para algunos airados. Voy subiendo y un cervatillo sale del bosque y a saltos se pierde  entre los helechos. Al poco aparece  y me mira. Es como un niño que juega al escondite.  

Sigo despacio,  hasta que lo pierdo de vista. Arriba, a la salida del bosque, se abre la vista a las Malloas, imponentes, con la mole de Balerdi como una gran quilla de barco. Los pequeños pueblos y caseríos salpican las laderas aquí y allá, como si hubieran sido puestos por un pintor.  Me siento. A veces el tiempo, en el monte, sin un alma, parece detenido, como si todo estuviera así desde siempre y nada fuera a cambiar. Quizás el tiempo evite estos lugares, como evita el desierto o el fondo del mar. 

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Al rato sigo un poco más, hasta la cima escondida entre los árboles. Luego desciendo y descanso de nuevo  frente al paisaje.  Hacía días que  quería atrapar los primeros tonos rojizos del otoño, el decaer de la luz, los aromas, el sonido del viento, el árbol que ve todos sus despojos en tierra, como escribió Dante y volver a llenar, como cada año por estas fechas, otra página más. Pero todavía es  pronto, me digo.  No ha llegado ese momento que en Japón, tan atentos,  llaman el momiji: el esplendor otoñal de los  rojos y naranjas, el de la delicada caída de la hoja, el prodigio de los breves días en que todo brilla y enseguida decae.

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