"Hoy Amenábar presenta a Cervantes como homosexual oculto, lo que no es nuevo pero de lo que no hay prueba alguna. Parece un modo de sumarlo a una causa actual"

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Pedro Charro

Actualizado el 28/09/2025 a las 23:13

La película de Amenábar sobre el joven Cervantes ha vuelto a poner de moda a este hombre de cuya vida conocemos poco, ni siquiera contamos con un retrato suyo. A Cervantes cada época le ha mirado proyectando en él sus temas y preocupaciones y si, en su día, se le vio como un judío converso —lo que en estos tiempos desaforados le hubiera costado caro—, hoy Amenábar lo presenta como homosexual oculto, lo que no es nuevo pero de lo que no hay prueba alguna, parece un modo de sumarlo a una causa actual. 

Es más, según el propio Amenábar, sería una manera de medir nuestra tolerancia, lo que es una tontería, pues lo que está en juego es el respeto a la verdad del personaje, frente a la pura conjetura. En España siempre hacemos pequeñas a nuestras grandes figuras, se ha dicho, y es verdad. Se les adorna con cualquier cosa que llame la atención, todo vale. 

Con razón ha dicho Andreu Jaume —reivindicando de paso la pulcritud y el respeto de los ingleses con Shakespeare— que al recrear a nuestros antepasados les hacemos interpretar nuestros traumas y delirios vestidos de época. 

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Lo que interesa en realidad de Cervantes son sus libros, su manera de escribir pura y clara, la asombrosa vigencia de Quijote, su cercanía a la verdad y la vida. Son sus libros los que nos dicen quién fue: alguien bondadoso, con un humor muy fino, melancólico e idealista, un ser confiado a pesar de los golpes que le dio la vida, que no fueron pocos. 

A Cervantes, es sabido, le salió todo mal. No triunfó en el teatro, perdió una mano en Lepanto, no logró ir a las Indias, tuvo líos de familia, hijos ocultos, estuvo en prisión. De joven fue apresado al volver de Italia y llevado a Argel donde pasó cinco años. Fue su época más novelesca, la que se lleva al cine y da al parecer para todo, pero no es nada en comparación con sus últimos años, los más fecundos, los de un hombre que sigue su vocación hasta el final, capaz de escribir con un pie en el estribo, como él mismo dijo, que dio lo que tenía y se sobrepuso a todo sin sospechar que le esperaba la gloria.

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