Cuando la economía ignora (o no) la política: el contraste Europa y Estado Unidos

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María JesÚs Valdemoros

Publicado el 21/09/2025 a las 05:00

En Estados Unidos la política atraviesa un clima de crispación casi permanente. Basta con recordar el reciente asesinato de Charlie Kirk, estrecho aliado de Donald Trump. O acontecimientos como un Congreso que llegó al límite para aprobar presupuestos a tiempo, un presidente que ha tenido que pasar por los tribunales y, en general, un ambiente de choque político constante. Sin embargo, la economía ha seguido avanzando con notable fortaleza. El paro ronda mínimos históricos, la inversión en tecnología crece y el consumo mantiene el pulso. Da la impresión de que el país funciona por dos carriles distintos, aunque no completamente desconectados. Mientras por uno circula la economía, que mantiene el ritmo, por otro va la política, que se pelea en paralelo. En España -y en buena parte de Europa- la conexión entre política y economía es más estrecha. Una negociación interminable para formar gobierno, un debate fiscal en el Parlamento o un pulso en Bruselas suelen bastar para frenar decisiones de inversión, retrasar proyectos y sembrar desconfianza. La diferencia con Estados Unidos es lo suficientemente visible como para preguntarse: ¿por qué la economía estadounidense parece menos sensible a sus tensiones políticas, mientras la europea se ve más condicionada por ellas?

En Estados Unidos, parte de la clave está en la solidez de sus instituciones económicas. El mercado laboral es flexible. Su funcionamiento hace que se contrate y se despida con rapidez, que los trabajadores cambien de empleo con facilidad y la movilidad geográfica suavice los desequilibrios. Por su parte, el sistema financiero es profundo y líquido, lo que garantiza a las empresas acceso a diversas fuentes de capital sin depender en exceso de los vaivenes de la política presupuestaria del gobierno.

A eso se suma el dinamismo empresarial. Silicon Valley, Wall Street, los polos industriales del medio oeste o la pujante Texas atraen inversión global incluso cuando Washington se enreda en disputas partidistas. El federalismo también ayuda. Aunque la capital se bloquee, estados como California, Texas o Nueva York siguen empujando con sus propias políticas económicas.

Además, hay una cuestión cultural significativa. Para muchas empresas y consumidores estadounidenses, la política funciona como un ruido de fondo. Incluso cuando el Congreso se paraliza o el clima electoral es áspero, eso rara vez altera de forma inmediata la decisión de abrir un negocio, contratar personal o comprar una casa. En el lado europeo, la situación es distinta. En nuestro continente, la economía depende mucho más de las decisiones públicas. Los impuestos, la abundante y variable regulación sectorial, las subvenciones o los fondos comunitarios marcan el pulso. El resultado es que cualquier bloqueo político puede traducirse pronto en cautela empresarial.

España podría parecer una excepción, porque en los últimos años ha crecido más que buena parte de sus socios europeos a pesar del ruido político. Pero en realidad no es ajena al problema. Pasamos largos meses sin gobierno, entre negociaciones y repeticiones electorales. Los debates sobre las reformas laborales o el sistema fiscal han generado incertidumbre suficiente como para retrasar inversiones. Y las tensiones territoriales, lejos de ser un simple telón de fondo, afectan directamente a la confianza de empresas y consumidores. El crecimiento reciente se explica sobre todo por el fuerte impulso del gasto público, los récords del turismo y cierta capacidad de adaptación empresarial, más que por un alejamiento real de todo el ruido político que nos rodea.

La Unión Europea añade su propia carga. La necesidad de consenso entre los 27 retrasa durante años políticas cruciales como la unión bancaria, la energía o la defensa. Esa lentitud institucional convierte cada desencuentro político en un lastre económico en forma de incertidumbre.

El contraste entre ambos lados del Atlántico no se explica solo por coyunturas recientes. Responde a factores estructurales. En EE UU, el sector privado tiene más peso que el público y sus mercados -laboral, financiero, empresarial- cuentan con suficiente autonomía para seguir funcionando con relativa independencia de quién gobierne. En Europa, en cambio, la economía depende más del marco regulatorio y de la acción del Estado, lo que multiplica el impacto de cada crisis política. También influye la cultura empresarial. En Estados Unidos prevalece la idea de seguir adelante pese al ruido, el famoso business as usual. En Europa, la expectativa de que las reglas cambien cada vez que lo hacen las mayorías políticas alimenta la prudencia y el aplazamiento de decisiones. Por supuesto, nada de esto significa que Estados Unidos sea inmune. Una crisis constitucional seria o un impago de deuda federal tendrían consecuencias económicas graves. Pero, hasta la fecha, la comparación parece clara. La economía norteamericana ha mostrado una mayor autonomía respecto a la política, mientras que en Europa la marcha económica y el clima político tienden a ir más de la mano.

La cuestión es si queremos que esto siga siendo así. ¿No sería mejor reforzar nuestras instituciones económicas? ¿No convendría dar mayor margen de maniobra a empresas y ciudadanos para que la vida económica pueda seguir su curso, aunque la política se encalle? Tal vez esa sea una de las lecciones más útiles del contraste transatlántico.

María Jesús Valdemoros. Economista. Lecturer en IESE Business School

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