La ventana
Los reyes de Sarasate: esperando la deportación
"Esas jaulas metálicas son andamios que facilitarán su restauración, pero en el ínterin se les ha quedado cara de arrestados en un calabozo de serie de televisión"


Actualizado el 19/09/2025 a las 08:09
Ya tenemos encarcelados a los reyes, reales o imaginados, que flanquean el tramo final del paseo de Sarasate. Esas jaulas metálicas son andamios que facilitarán su restauración, pero en el ínterin se les ha quedado cara de arrestados en un calabozo de serie de televisión, para que el espectador pueda ver el diálogo que mantienen con alguien que está libre. Solo falta que les pongan una capucha en la cabeza (y lo harán cuando se acerque la fecha del traslado) para que se conviertan en sospechosos de terrorismo camino de Guantánamo o en hispanos detenidos en Arizona por la policía de inmigración, listos para ser deportados.
Tratándose de reyes, en realidad, el exilio no es el peor destino posible. Esa cárcel metálica sugiere los pasos previos a una ejecución: la de Carlos I delante de la sala de banquetes de Whitehall, la de Luis XVI en la plaza de la Concordia, la del zar Nicolás II en la Casa Ipátiev de Ekaterimburgo.
Las ciudades son el resultado de la acumulación de la historia. Las paredes de una edificación son los cimientos de otra, y no solo en sentido figurado. En ocasiones, las huellas que muestran son tatuajes intencionados; en otras, cicatrices de guerras, revoluciones o la acción de la naturaleza. Pero todas conforman las ciudades, sobre todo cuando, como es el caso de Pamplona, acumulan siglos y siglos a sus espaldas.
He de admitir que las estatuas del paseo de Sarasate no me resultan especialmente atractivas, aunque mi ojo se haya acostumbrado a verlas. Pero ni Felipe III (que nadie sabe quién fue) ni García Ramírez, ni, por supuesto, las otras cuatro esculturas que constituyen, ya lo he escrito antes, un monumento al monarca desconocido, merecen el exilio. A no ser, claro, que lo que se pretenda es practicar una especie de vudú laico, con la esperanza de que lo que se hace a una efigie se traslade a una persona real. O a una real persona.